Hay pocas cosas que me dan tanta ansiedad como la pérdida de control. Hasta cuando decido delegar, lo hago sintiendo que tengo el control de dejarlo ir. Eso implica también el uso de sustancias que cambian las conexiones del cerebro.
He escuchado varias veces una historia sobre los Beatles: la primera vez que les ofrecieron drogas, les dijeron que sus cerebros nunca iban a ser iguales. John no lo pensó dos veces, Paul fue el último en convencerse.
Más allá de usar algún psicotrópico, todos deberíamos tener la disposición de cambiar la forma en la que pensamos, darle un vistazo a las cosas desde un ángulo diferente, comparar experiencias contra datos inusuales. Los cerebros se nos atrofian cuando usamos siempre la misma calle para pensar. Obvio que es más cómodo, pero estamos matando el resto de vías.
Las soluciones más geniales casi siempre vienen cuando expandimos nuestras mentes. Yo no necesito de ayudas químicas para hacerlo, pero sí requiero de un «dejarme ir» que aún me cuesta.
La juventud me espera cada día que acepto experimentar nuevas ideas. Y, más que perder el control, me da pánico envejecer.
