Las profecías que nos creemos

«¡Eres un dolor!», «¡Qué difícil es hablar contigo!», «Estás un poco gorda, ¿verdad?»… no sé pero en mi vida estas frases me acompañaron la infancia y adolescencia. Gracias a padres hipercríticos y a cero habilidades sociales en el colegio. Es una programación de la cual no puedo salir, lamentablemente. Sólo puedo contemplarla desde unos años de distancia y navegar a partir de esa dirección general.

Contamos profecías en nuestros días: está lloviendo, va a ser un día triste; el café estaba amargo, va a ser un día difícil; hay tráfico, va a ser un día de porquería. Así nos vamos determinando el futuro de antemano, mejor que una gitana con bola de adivinación. Pero no sabemos. Para nada. Todos los días están en blanco y los llenamos de lo que queremos. ¿Por qué nos empeñamos en que sean repletos de cosas negativas? Entre las posibilidades no comprobadas, sería más positivo que nos entregáramos a lo bueno. Nos da lo mismo emplear la imaginación en cosas que nos dan placer que en las que nos causan angustia. Si embargo allí vamos gastando toda nuestra energía en colorear los escenarios más sombríos.

Tengo que tener cuidado con las historias que me repito. Son el guión con que escribo mi vida y, en lo particular, ya estoy harta de contarme sólo cosas deprimentes. Tal vez entre tantas palabras que escribo, encuentre la fórmula para salirme de lo usual y comenzar a contarme una historia diferente.

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