La suspensión de la adultez

A los niños les tapamos los ojos y jugamos escondite. O les decimos que les quitamos la nariz con los dedos y se las volvemos a poner. Les contamos historias fantásticas. Los abrazamos y les decimos que todo va a estar bien. Y se lo creen. Porque somos sus referentes y porque aún tienen la capacidad de entregarse a una idea. Ir al teatro con un niño y observar la forma en que se mete en la escena es un buen ejercicio para uno de adulto cansado.

No se puede ir por la vida creyéndolo todo. La razón crítica es lo que nos hace avanzar como raza, en ideas, en filosofía, en ciencia. El no aceptar las cosas a la primera, poder desmenuzarlas, llegar a conclusiones propias, nos da el fundamento para nuestra vida, sus principios, sus valores. Nada más rico que descreer de lo que hemos recibido de antes, revisarlo, analizarlo y adoptarlo de nuevo, pero ya con nuestra propia valoración. Pero, como todo lo llevamos a los extremos, rapidito se nos olvida que también es lindo dejarse llevar. Ver una película de superhéroes encontrando los errores científicos no es más que un ejercicio en frustración. Obvio que tiene errores.

Lo mejor es encontrar ese botón para suspender el descreimiento, aunque sea para gozarse una obra de teatro bien montada. Para creer que a uno lo quieren también sirve.

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