La Batalla de las Siestas

De verdad espero que cuando sea grande, mi hija sea tan difícil de llevar a la cama como cuando quiero que haga una siesta. ¡Qué gana de pelear contra dormir! Las ojeras le llegan hasta la barbilla, los ojos se le traban, se pone insoportable, pero no. Pareciera que le estuviera ofreciendo comer arena.

Entonces le digo que tal vez, si se está muy quietecita, uno de los dos gatos al fin se va acostar sobre ella. La paz le dura cinco segundos. Luego la pongo a escoger el ruido de fondo (lluvia, viento, fuego, truenos). Nos acomodamos, alega, la abrazo, alega, le hago cariñito, alega. Y alega. Y alega. Hasta que, a media alegada, ronca. Así. No hay transición. Y yo me quedo con un nudo de piernitas y bracitos sin poder moverme hasta que a la bella durmiente se le da la regalada gana despertarse. Cuatro horas después.

Podría (y lo he hecho) sentir que estoy desperdiciando tiempo valioso que estaría mejor empleado en otra cosa. Revisar correos de clientes, hacer capas de Batman, organizar eventos de Rotarios, escribir… Muchas cosas parecieran más «importantes» que estar acostada sin siquiera poder dormir, esperando que una peluda abra los ojos.

Y luego siento el peso de una piernita y un bracito. Y huelo el aroma de su cabeza en mi hombro. Y oigo el dulce retumbo de sus nada delicados ronquidos. Y no hay nada más importante en ese momento que servirle de almohada y calentador y rocola y protectora.

Es por eso que mañana también voy a luchar la batalla de las siestas. No siempre salgo victoriosa, pero siempre vale la pena intentarlo.

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