Hay que saber ser banal

Conversaciones en las que se cambia el mundo, se revisa la literatura, se abren nuevas ramas filosóficas y se explora lo más recóndito de nuestra psiques, que duran horas y hasta cansan, son vitales para sentir que las relaciones que las permiten son importantes y profundas. Pero no se puede tener todos los días porque se ahoga uno en tanta importancia.

Luego están las charlas livianas, que se mueven sobre cualquier tema y lo convierten en broma y no saben más que de superficie. Ésas nos hacen reír y dejar de pensar. Aunque tampoco pueden ser la norma porque aburren igual que comer un algodón de azúcar.

Si uno sólo puede mantener un nivel de intensidad, da lo mismo que sea uno muy banal o muy profundo. La línea recta no hace más que aburrir. Pero cuando se aprende a cambiar, a ser peligroso en sus honduras y divertido en las orillas, la vida pesa menos y las relaciones duran más.

Buscamos las conversaciones que nos conmuevan y creemos que sólo las pesadas lo pueden lograr. Hay que saber ser y apreciar la banalidad como una fuerza ligera pero cierta. También riendo cambiamos y hasta más permanentemente que con las cosas serias.

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