Desde un trampolín

Cuando era niña, había un trampolín gigantesco en la piscina de un club donde se hacían muchas piñatas. Era un reto subirse. Peor bajarse. El agua quedaba muy lejos, perl era menos malo tirarse que tratar de regresar por la escalera.

Los trampolines sólo sirven cuando están construidos sobre una base completamente sólida desde dónde lanzarse al vacío. Siempre está la aventura, pero uno la comienza con pie firme. El tambaleo sólo es válido si lo causa el golpeteo de nuestro corazón, no la inestabilidad de nuestro suelo. Para eso sirve la rutina, la seguridad de lo conocido, el hogar a dónde regresar. Para poder salir a la aventura, sabiendo que hay un lugar en dónde volver a empezar si es necesario. A los niños se les da estructura para que crezcan con autoconfianza. Las relaciones tienen un componente de cotidianidad para no gastar energía en cuestiones de todos los días.

Me tiré varias veces de ese trampolín. Siempre me dio miedo hacerlo, no subir. Y por eso pude lanzarme.

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