Hace poco experimenté una conversación «guiada» entre un grupo de amigas, con una persona ajena nosotras haciendo preguntas e indagando en nuestra dinámica. No es una experiencia natural, o, como nos gusta decir ahora, orgánica. Pero sí fue muy reveladora: mis amigas son lo máximo.
No siempre ha sido así, porque no siempre he tenido amigas (inserte hashtag de foreveralone). Pocas veces me he sentido parte de un grupo, porque no me siento cómoda encajando en situaciones sociales muy rígidas. Prefiero dirigir una conversación a interesarme en lo cuente que alguien que no conozco. Porque mi adolescente interior nos recuerda lo mal que nos fue en el colegio y saca la coraza.
Es imposible hacer buenas relaciones sin estar dispuesto a arriesgar algo de uno mismo, a compartirse. Y hay que buscar que una mezcla de suprema autoestima y una fuerte dosis de «me pela el mundo» se conjugue con un genuino interés por la persona que uno tiene enfrente. Aceptarse y aceptar, además, que no me tiene que caer bien todo el mundo y que yo seguro no soy monedita de oro. Recibir y dar un cariño que puede ser efímero o puede durar toda la vida.
A estas alturas de mi vida, estoy aprendiendo a bailar al son de esa música. Lo fantástico es que tengo un clan que disfruta del mismo ritmo.
