No entiendo

Yo quiero comprender todo. En especial la motivación de las personas con las que me relaciono. Pero no siempre hay una respuesta que me satisfaga, sobre todo porque las motivaciones del otro puedo no entenderlas.

Actuamos desde lo propio para acercarnos a lo ajeno y no siempre es posible llegar hasta lo esencial. Y uno tiene que escoger estar juntos sin entender totalmente o separarse porque no es suficiente.

Me molesta quedarme sin saber. Y es una molestia con la que tengo que aprender a vivir

Hacia delante

Creo que las salas de espera son una forma de tortura. El limbo entre una acción y otra que hace que el tiempo sea elástico y se expanda sin fin. Igual es estar entre una decisión y otra. Los peores momentos en un relación son cuando uno no sabe dónde está parado.

Estamos hechos para tener pausas, pero no necesariamente incertidumbres. Tener un dolor sin diagnóstico es casi peor que la peor de las enfermedades. Dentro de ese agujero caben la duda, el miedo y la esperanza todos juntos y no se siente bien la mezcla.

Me gusta saber en dónde estoy parada. Aunque sea para salir de allí. Y prefiero no ir al doctor a esperar.

Las expectativas

Siempre me imagino muchos escenarios posibles y me posiciono en uno que me parece probable. Generalmente tengo razón. Pero últimamente no sé si es porque era lo que iba a suceder o porque estoy sugestionada a que lo haga.

Las expectativas tienen mala fama. La verdad es que uno hace cosas esperando un resultado y hay situaciones donde es perfectamente razonable que uno lo haga.

Tal vez lo que no tengo qué hacer es enojarme si la otra persona no cumple lo que espero. Y simplemente dejarlo ir.

Los cambios

Detesto los cambios. Me dan miedo. Me dan tristeza. Me dan ansiedad.

Y uno se la pasa en cambios la vida entera.

Hay que hacerle gamas. Porque hasta yo cambio todo el tiempo y no sólo puedo aceptar lo que me gusta. La existencia se experimenta en su totalidad o mejor salirse.

No hay traducción

Estoy leyendo un libro traducido del ruso al español y, aunque la lectura está fluida, siempre me imagino cuántas sutilezas fueron dejadas en el camino del cambio de idioma. Hay precisiones y cadencias e intenciones que tiene cada idioma, que hace imposible una traducción completamente fiel y sólo queda interpretar, con todos los sesgos que eso implica.

Igual pasa para entender por completo a otras personas. Llenamos las palabras de nuestros significados particulares, con todos los recuerdo, emociones y vivencias que asociamos con las mismas. Es imposible que alguien nos acompañe del todo en ese camino que hemos recorrido para llegar a donde estamos y desde donde nos queremos explicar. Pero lo lindo es que cada uno hacemos lo que podemos (cuando queremos) y, a veces en esa interpretación, encontramos de nosotros mismos la respuesta para hacer mejores relaciones.

Las traducciones son imperfectas, pero nos permiten acceder a material que existe en idiomas que no hablamos. Lo mismo la empatía y la escucha atenta y la buena voluntad de acercarnos, aunque no entendamos del todo. Y eso es lo que nos expande el mundo.

Demasiado qué ver

Pasé el fin de semana viendo partidos de football. Y queriendo ver películas. Y series. Y es que hay mucho, demasiado qué ver en todas partes. Pero pocas ocasiones de hacer comunidad con nuestros gustos. Antes todos mirábamos las mismas series, al mismo tiempo. Ahora, vemos lo que queremos. Y no sé si eso es tan bueno como hemos querido creerlo.

Los humanos estamos hechos para vivir en comunidad, hacer cosas juntos, tener vivencias compartidas. Cada vez nos queda menos de eso. Yo misma soy responsable de estar mucho tiempo sola. Y de que me guste.

Creo que los partidos en vivo de los deportes que nos gustan es la única experiencia comunitaria pura que nos queda. Menos mal me gustan tantos deportes.

El año de ser diferentes

Me encanta hacer reparaciones en mi casa. Es demasiado satisfactorio poder arreglar uno sus cosas. Pero tengo tiempo de no hacerlo. Y este año decidí que ya es hora de retomarlo.

Tomar el impulso de comenzar es complicado porque uno comienza de cero y hay que ponerle más esfuerzo a mover un cuerpo detenido que uno en movimiento. Eso aplica para todo. Hasta por lo espiritual. Estancarse es fácil. Salir del hoyo cuesta. Pero también se puede.

Ya tengo mis herramientas en el carrito de compras. Ya tengo el esquema para tener bien la casa en un tiempo razonable. Y ya sé qué puedo hacer yo misma y qué no. Ahora sólo es cuestión de comenzar.

Dónde está uno parado

Las cosas existen en la realidad como un todo. Parece evidente y hasta inútil decirlo de tan real. Pero el punto es que no lo vemos todo junto todo el tiempo. Existe un constreñimiento efectivo de lo que podemos percibir a la vez y eso hace que siempre tengamos sesgos. Aplica para cosas, personas y situaciones.

En un proceso de crecimiento de una relación, esto es especialmente importante. Las personas involucradas miran la situación desde un punto de vista y los que están afuera de otro. Por eso ayuda a buscar a terceros que le den a uno una perspectiva diferente. Con el cuidado de no escoger a alguien con aún más miopía que uno mismo.

Yo trato de agarrar una amplitud más grande para mis relaciones más cercanas. No siempre es posible, porque, por mucho que yo cambie de posición, siempre sólo voy a poder ocupar un espacio específico a la vez. La condición humana es esencialmente angosta. Y eso me obliga a ser más abierta al punto de vista de los otros, porque ellos miran lo que yo no.

Mi tienda favorita

Cuando viajo, me encanta ir al súper. Es una atajo para conocer las costumbres locales. Y porque me encantan los súpers. Eso de ver tantas cosas ordenadas, con tantas opciones, me parece fascinante. Aunque en ciertos lugares la abundancia de cosas para escoger me abruma. Nunca sé si lo que voy a agarrar sea lo más rico. Parálisis por análisis que le dicen.

Tenemos un problema de aversión a equivocarnos, sobre todo ante opciones que parecen igual de buenas. No queremos perdernos de lo mejor que podamos obtener. Cuando, en realidad, entre dos buenas opciones, no hay respuestas equivocadas. Es peor quedarse paralizado.

Me quedo pensando como cinco minutos frente a la refri donde están los yogurts. Y siempre quiero el que no escogí.

Porque no

A veces las razones que tengo para no dar permisos en mi casa son demasiado complejas como para ponerme a explicarlas y recurro al viejo y conocido «porque no» que tanto detestaba de adolescente. Y es que hay cosas hasta intuitivas que uno no puede describir adecuadamente y que, aunque pudiera, alguien que no tiene la experiencia de vida de uno (o sea, que no está igual de viejo), no entendería igual. El mundo es bueno y malo y tiene muchos riesgos a los que está bueno exponer a los hijos, pero no de uno solo.

La crianza de los hijos ha cambiado muchísimo entre unas pocas generaciones con consecuencias no anticipadas. Cosas contradictorias como que ahora están más expuestos al mundo de adultos y tienen a su alcance tecnología que antes estaba reservada para otros; y por el otro lado, un alargamiento de la adolescencia y falta de toma de responsabilidades hasta edades avanzadas. Es una mezcla entre crecer muy rápido y no crecer nunca. Y allí va uno, navegando ese mar de incertidumbre y de cambios y de alcanzarlos para lo tecnológico mientras los retiene para lo real.

Me cuesta. En serio que no siempre tengo la gana de explicarles y convencerlos. O el tiempo, porque quieren una respuesta ya. Así que, de vez en cuando, sale el «porque no» y que se enojen. Ya entenderán ellos cuando les toque.