El día que no hicimos nada

Un domingo cualquiera, te levantas a las ocho de la mañana con la sensación que el mundo te dejó atrás y que no quieres correr a alcanzarlo. Los niños están abajo viendo tele (ya te levantaste una vez a las cinco de la mañana a darle medicina a la niña y agradeciendo que sólo faltan cuatro frascos más de un tratamiento que tal vez funciona, tal vez no, pero que igual te tiene ilusionada) y no han hecho mucho ruido. Haces el desayuno sin encontrar el tocino (estaba hasta el final de la repisa de arriba, lo vi al sacar la cerveza del domingo). Todos comen lo que hiciste, primer desayuno que hacemos todos juntos desde hace ratos. El niño no quiere salir, la niña sí, tú te asoleas, haces una idiotez, el hombre está en alguna parte de la casa, recuerdas que hay procesiones y no se puede salir de tu casa sin entrar al agujero negro que es el tráfico sin orden. Estás amarilla porque al fin te pusiste la mascarilla de cúrcuma, no vas a salir, no importa.

Es un día en el que no pasa nada, pides comida china, ves tele sin sentido, hablas poco, tratas de escribir mucho, no logras nada y el mundo se sigue alejando del lugar en el que estás. Sabes que va en trayectoria circular y te va a agarrar al regreso con el lunes en todo su esplendor.

Los días en que no pasa nada, ves realmente cómo es tu vida y si te gusta.

Me gusta.

Sabe a vainilla

La muerte sabe a vainilla

La sentimos en la boca con el primer aliento

El dulce que llena todo, desde que aprendemos a comer

Así olía la caja de pañuelos de mi mamá

Los que ahora usa mi hija

Persiste la fragancia de otra persona que ya no huele a nada

Las palabras que decimos para olvidar

Grabadas en el aire que huele a tierra, sabe a sangre

El sabor al fondo de la copa de vino

Una botella abierta para bailar y decir adiós

El dejo amargo de los besos que se dan

Con los ojos abiertos, los labios apretados

Se escucha el sabor en el timbre de voz

De quien nos dice que nos quiere

O que ya no.

Todo sabe a vainilla.

Sobrevivir a pura rutina

La constancia es mi estado favorito. Una vez meto cosas en mi rutina, cuesta que salgan. Se quedan pegadas a mí, o integradas por completo y después de eso no me gusta que dejen de estar. Me pasa con las cosas qué hacer en el día y con las personas.

Por eso tengo relaciones tan largas. Y, también por eso, me cuesta tanto cuando la gente se va.

Cambié, siempre

Decir que mi mundo cambió hace casi un año no le hace honor al cisma que ocurrió. Pero ahora que lo escribo, con decenas de sensores y sets y mililitros administrados, ya ni recuerdo que es no hacer esto.

Cuando era niña tenía el pelo muy rubio y ahora no. No por eso he dejado de ser yo. O tal vez sí y de todas formas no importa. Somos lo que nos convertimos y no hay cómo separar el cambio de la permanencia.

Tal vez por eso me gusta la rutina: porque hago siempre lo mismo. La ilusión de la estabilidad, el palo que ayuda al equilibrio en la cuerda floja.

O la vida es una cosa inmutable que vamos conociendo por partes, o es una corriente fluida que nos inunda de forma distinta todos los días. Y, en medio yo. Aunque no sea la misma.

El peso de las palabras

Cada cosa que decimos tiene un valor objetivo. Cuando cambiamos el significado de las palabras por preferencias culturales, le cambiamos el valor, un poco como devaluar la moneda con que compramos. La sobreutilización de algunos términos como «amar» les lima el filo con que deberían cortarnos la boca al pronunciarlos, y por eso tener cuidado al hacerlo.

Yo no juro, prometo. Yo no amo, quiero. Yo no odio, me disgusta. Como cosa cotidiana, porque me gusta reservarme los términos pesados para las cosas que en verdad lo ameritan. Adicionalmente, les agregamos a su valor intrínseco, quién nos las dice. La importancia se potencia y no es lo mismo que un desconocido nos halague a que lo haga alguien cercano.

Básicamente, ¿de qué me sirve gustarle a alguien que no podría ni reconocer en la calle? Es un pensamiento tajante, sobre todo en esta época de buscar validación de personas lejanas. El círculo de gente a quienes de verdad les importamos se limita a aquéllas con quienes sí tenemos relación, a quienes hemos invitado a un café, con quienes compartimos algo de vida real.

Me gusta guardarme mis palabras con filo y sólo recibirlas/aceptarlas de quienes me importan. Los demás son un bonito acompañamiento, pero no puedo cantar sus canciones en mi vida diaria, me volvería demasiado dependiente de música que no tengo cerca y, cualquier día de estos, desaparece.

Un momento a solas

Con mi mamá mirábamos los partidos de básket en su cuarto, bordando. Era una especie de compañía difusa. Bastante tiempo calladas, pláticas profundas y, ella vestidos, yo cuadros. Hasta hoy, no puedo ver tele sin hacer otra cosa, para desesperación de mi marido.

Algo de ermitaña me heredó mi madre, que ansío momentos a solas, como ahora que cocino el desayuno y le pedí a mi hija veinte minutos para mí. Luego ya los reúno y pasamos la mañana juntos.

Aprender a estar solo, a escucharse, me parece tan valioso como a estar en sociedad. Espero que mis hijos puedan.

El espejo

Toqué mi dedo en el espejo. Frío. Duro.

Me miro, o eso creo, plana, lejos.

Nadie se mira como es. La luz desviada

en la superficie lisa que rebota en nuestros ojos

ya lleva muchas vidas de diferencia.

Somos los únicos que no conocemos

la curva que hace nuestro cuello

debajo de la quijada. El cabello sobre la nuca.

Me tengo que creer que soy

lo que me dicen tus ojos

cuando me sonríes.

El rompimiento

Llegar a ver cómo se derrumba la vida que uno tenía meticulosamente planificada es uno de esos eventos catastróficos. Primero es un ladrillo, luego un balcón y, cuando se asienta el polvo, sólo quedan los escombros. Y uno no sabe si volver a construir con los pedazos, largarse y dejar que otra persona recoja o todo lo contrario.

Nada es como uno se lo imagina y pocas cosas como uno las recuerda. Pretender que la vida puede trazarse sin cambios en el camino es lo más ingenuo que uno hace de joven. Y está bien, al menos un rumbo hay qué tener. Pero de allí a creer que eso va a seguir vigente el resto de los años que nos quedan, sólo causa dolor.

No me gusta el desorden y estoy limpiando lo que queda, escogiendo las mejores partes y retirando el resto. Creo que sólo voy a usar lo que vaya necesitando y, aunque tengo la idea general de qué es lo que quiero, estoy segura que hay muchas formas del cómo. Trataré de ir aprendiéndolas.

Limpiar el clóset

Tiendo a conservar ropa durante mucho tiempo. Décadas, en algunos casos. Me cuesta desprenderme de las cosas que me traen recuerdos y todo me trae recuerdos. Allí está mi blusa favorita con un par de hoyitos que olvidó convenientemente hasta que la tengo puesta. O los jeans de hace 20 años contra los que me mido.

Lo cierto es que las cosas, en sí, no valen nada más que lo que les ponemos de pátina. Y está bien, hasta donde podemos quitarlas porque ya no sirven y no sufrimos. Es lo mismo con el maquillaje y los peinados. Llega el punto que la nostalgia no nos favorece.

Tal vez saque todas esas t-shirts que no uso. O las haga trapos de cocina. Y la que tiene hoyos… seguirá guardada.

Es más fácil escribir de alguien más

Estoy segura que hay partes de mi vida interesantes que podría contar en algo escrito. No puedo. No porque me den vergüenza, aunque algunas tal vez sí deberían darme pena, sino porque no tengo la perspectiva para hacerlo. Escribir las historias que escucho de los demás sí me es fácil. Armo el rompecabezas de las piezas que se les salen a las personas sin fijarse. Mejor que cualquier entretenimiento.

Tal vez lo que me pasa es que mi vida no me parece divertida o porque estoy en medio de ella y yo misma no veo la imagen completa para ordenar las piezas que ocupan mi memoria. ¿Cómo hará esa gente que escribe sus autobiografías y lo hace bien como Agatha Christie? Tal vez la clave es poder contar las cosas cuando dejan de afectar. Pero… hago memoria y todo lo que ya no hala alguna fibra, ya no lo recuerdo y así no sé si tenga mucha gracia.

Escribir, como narrativa, es complicado para mí si tengo que dar mi versión. Por muy interesante que sea contarla.