En mi vida, he aprendido que es mucho mejor el desagrado que a veces provoca ser clara desde un principio a ese estado semi cuajado de incertidumbre. La vaguedad como costumbre es igual que tomar leche tibia.
Nos enseñan a ser amables. A ser educados. A cumplir esas normas de convivencia que hacen más fáciles las relaciones casuales. Pero pocas veces nos dan un espacio para la asertividad (uy no, qué grosero). Y conste que no se trata de no ser educado. Pero poner las reglas claras desde un principio evita que demos palos de ciego. A alguien siempre terminan rompiéndole la cabeza.
Aunque suene contradictorio, el ser transparente me ha permitido adaptarme mejor. Porque uno sabe la línea que no cruza, pero no sabe verdaderamente cuánto espacio hay antes de llegar allí. Y, si no gusta, es una interrogante menos.
