Valoramos tener cosas. Ir a lugares. Sentarnos a comer lo que nos gusta. Todo eso está perfecto, yo misma disfruto demasiado de un buen vino y una bolsa de TorTrix como para desdeñar los placeres de la carne. Y también tenemos una aversión especial a las pérdidas y los problemas. A nadie le gusta estar con el agua al cuello. Pero… Si algo he aprendido de este año, es que nada es tan bonito y todo es menos malo, cuando uno tiene esa elusiva calma interna que sólo viene de uno mismo.
Estoy demasiado lejos de ser un monje zen, de esos que no se inmuta por nada, porque todo lo siento mucho y profundamente. Pero sí estoy haciendo una buena frontera entre lo que siento y lo que me altera. Si pusiera las pérdidas y emergencias y cambios y decepciones de lo que han sido estos nueve meses sobre papel, en blanco y negro podría describir éste como uno de los años más difíciles de mi vida. Y, a pesar de todo, aún sintiendo la tristeza y el duelo y la preocupación, me despierto agradecida y con felicidad en mi corazón. Porque me siento capaz de no romperme, de encontrar las soluciones que se requieren de mí, de llorar y quejarme con las personas que me escuchan, secarme las lágrimas y seguir.
Si algo he aprendido en este año, es que me puede pasar una de las peores cosas que creí que me podía pasar y no romperme. No endurecerme por dentro. No renegar de mi existencia. La vida siempre es dulce para el que esté dispuesto a beberse hasta el último trago. Y, mientras más se permite uno sentir, más oportunidad tiene de mantener el corazón abierto. No importa que le hagan falta pedazos.
