Tengo una de esas discusiones recurrentes con la niña y me dan ganas de mandarla a un internado. O meterme a un convento de clausura. O ambas. Y no sé qué sea mejor, soltar las riendas de las cuales ya tengo poco control dejando que se vaya a estrellar, o seguir en la lucha aunque sea constante.
Hoy escuché de un investigador de desarrollo de niños, que la fricción en el aprendizaje es necesaria. Porque es lo que hace que las enseñanzas se «peguen» a la psique. Que uno las agarre y no las suelte. Y que, ser un padre imperfecto, con estos roces, es lo mejor que uno puede hacer por sus hijos.
Yo lo que ya no sé es por dónde meterle la fricción. Si de mi parte o la que le va a aportar el mundo allá afuera, que seguro es peor que la mía. En algún momento tendrá que ser lo que sea y yo sólo observar. No es lo que más me gusta, pero estoy segura que más de algo se aprenderá del asunto.
