A mí no me gustan las cosas, me encantan. No son bonitas, son espectaculares. No estoy bien, estoy súper bien. No me cae mal algo, lo detesto. El día no está feo, está espantoso. Y no quiero a los míos, los amo. Mis hijos son los más bonitos, mis animales son los más divertidos, mis amigas las mejores… No es que no les mire las cosas malas a todos, o lo bueno en lo desagradable. Es que así siento las cosas y las digo como sale y suena… un poco demasiado a veces.
Antes me hubiera preocupado. Hubiera cuestionado si estaba siendo exagerada y si eso me llevaba a alguna parte. Siempre hay una guerra civil entre mi razonabilidad y mi emocionalidad. Todo pasa por el filtro de mi mente, crítica y fría. El corazón quiere salírseme del pecho y tiene frenos. Pero esa combinación nunca me dejan tibia. Callada, tal vez. Indiferente, jamás.
Es bueno tener un estratega calmado que encauce las pasiones de los sentimientos. Pero es bueno también tener esas formas de sentir sin miedo. ¿A qué horas el mundo tiene que ser neutro para uno ser una persona inteligente? La capacidad de irse a extremos (sin hacerlo, porque vaya si no mete uno la pata) es simplemente la capacidad de disfrutar la vida hasta la última gota. Seguiré pensando que lo que a mí me gusta es lo mejor del mundo mundial. Y preocupándome absolutamente en nada si alguien más comparte esa opinión.
