Uy. No sabía que fuera tan complicado esto de ser adulto y querer ser uno con otro adulto. Al menos no el plano de lo profundo. Funcional. Sincero. Auténtico.
Creo que estamos acostumbrados a ser nosotros mismos con el espejo, si es que eso, y ser lo que queremos proyectar con lo demás. Salvo con la persona con la que tuvimos la suerte de crecer. De pasar nuestra primera adultez. De compartir una vida. Hasta que eso se acaba, si uno sacó el palito corto en la lotería y se queda con una vida truncada y un futuro burlado. Tener que empezar, recalibrarse, conocerse, es jodido. Es mucho más sencillo quedarse, aguantar, marchitarse. Crecer duele.
Pero a veces no hay opciones. Por uno. Por los que uno cría. Por el fantástico regalo que es la vida misma. Y hay que hacerse ganas a uno mismo, primero que nada. Y después a la existencia en sí. La vulnerabilidad es todo lo contrario de ser débil. Es pararse uno en todo su no-esplendor, con el cuerpo de los casi cincuenta años, con las heridas que han dejado cicatrices que aún sangran y que probablemente van a hacerlo el resto de la vida, con las dudas y las certezas y los límites aprendidos y los deseos acumulados. Pararse frente al mundo, que es lo más fácil. Pararse frente a otro, que es lo más difícil. Y, no en desafío, sino en aceptación, decir: es lo que hay.
