Con el advenimiento de la inteligencia artificial, he escuchado muchísimas conversaciones que regresan al punto básico de la filosofía: ¿qué es real? Antes hablábamos de cuevas y sombras. Ahora hablamos de multiversos y simulaciones. Pero el fondo es exactamente el mismo.
Un paso más allá es preguntarse si algo de lo que hacemos tiene relevancia. Independiente de si las cosas son reales o no, en general nuestra vida no es tan importante en el gran cálculo de la humanidad. Cincuenta años después de nuestra muerte, es poco probable que alguien se acuerde de cómo sonaba nuestra voz. No somos importantes hacia afuera.
Pero sí lo somos hacia adentro. La vida puede ser una simulación colectiva o individual. El universo puede o no existir. Y de todas formas estamos obligados a crecer, a esforzarnos, a ser mejores. Porque no importa que no importe.
