Que cueste un poco

Tal vez la peor de las habilidades es hacer las cosas difíciles cuando pueden hacerse fáciles. O sea, el dicho de mi papá que todo tiene modo y que si no es suave no es, aplica para no forzar nada. Y sirve. Me he salvado de romper muchas cosas no queriendo zambutirlas. Pero… Hay cosas en las que el grado de dificultad las hace parecer mejor, más valiosas.

Tengo la mala suerte de practicar un deporte para el que no soy buena. Soy perseverante, constante, pongo atención, sigo las instrucciones. Pero el karate no me fluye. Tal vez le puedo romper la madre a algún fulano, pero no bonito. Ni modo. Y es ese esfuerzo que le pongo, lo que hace que me guste aún más. No me cuesta tanto como para que no me salga, pero sí lo suficiente para ponerle atención. Y creo que por allí va la cosa. La atención.

Las relaciones, los niños, los buenos trabajos, todo lo que vale la pena requiere que nos fijemos, que no lo hagamos por salir del paso, que nos esforcemos. Si todo lo hacemos en automático, deja de tener chiste y nos distraemos hasta chocarnos. Agradezco que las cosas que más quiero en mi vida han sido las más complicadas de mantener. Aunque no estén perfectas.

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