Uno siempre escucha sólo un lado de la historia, aunque se la cuenten a uno muchas personas. Las cosas tienen una serie de dimensiones que, simplemente, nos son imposibles de conocer del todo. Y es porque ni siquiera la persona con mejor memoria del mundo lo vio todo de forma objetiva. Eso no existe. El mundo lo adentramos y entendemos a través de nuestros sentidos, no los de los demás y eso hace que toda nuestra existencia sea una bola de subjetividad.
Claro, está la capacidad de ponernos en los zapatos de alguien más. Esa empatía nos permite vivir en sociedad, preocuparnos de nuestras parejas, cuidar de nuestros hijos. Nos somos vulcanos híper racionales que desdeñan los sentimientos, porque entendemos que eso sólo es una pequeña parte de nuestra manera de entender el mundo. Sólo el pobre hemisferio izquierdo cree que puede sin la ayuda del derecho y nos ha convertido en seres menos completos.
Ahora, cuando escuchamos a alguien contar su historia, aunque le hagamos todas las ganas de mundo, siempre debemos dejar un espacio para todo el resto que no nos está contando. No porque nos oculten algo, sino porque les es imposible conocerlo. Y allí, en ese espacio, es donde podemos ayudar a dar otra perspectiva.
