La expresión esa que la diplomacia es el arte de mandar a la gente al carajo y que se lo agradezcan a uno, es precisa. Y frustrante. Me cuesta entender por qué necesitamos una capa de azúcar sobre el trago amargo, cuando de todas formas hay que tragárselo. Pero… hay qué aprender.
Hay una fina línea entre ser amables y perder el tiempo. O entre ser diplomáticos y mentir. Se cruzan más seguido de lo que uno cree. Tal vez el premio se encuentra en decir la verdad, de la forma más eficiente y con el trato más amable posible. Mientras se obtenga el resultado deseado, el medio más suave tal vez sí sea siempre el mejor. Hasta el tono de voz ayuda.
Puede ser que sea un problema más frecuente entre mujeres, sobre todo de cierta edad. Se espera que seamos más dulces y algunas de nosotras nacimos más del lado ácido. Me molesta que lo mismo que dice un hombre sea ser directo y en mí, sea ser mandona. Poco a poco me lo tomo menos personal y en ciertas situaciones, si toca mandar, pues toca. Ahora, para lo demás, a veces prefiero salirme con la mía. Y allí va lo poco que he aprendido de diplomacia.
