En mi mente, tal vez hay terremotos que me mueven las neuronas y hacen que no pueda encontrar fácilmente algunas palabras. Parecen pájaros que salen volando cuando me les acerco. Y si esas palabras son el nombre de la persona con quien hablo, se esconden como duendes que guardan un tesoro debajo del arcoíris. Casi al alcance de mi boca. Casi.
En todas las culturas, saber el nombre de las cosas, de las situaciones, de los lugares, demonios, personas, sentimientos, ha acarreado poder. Por el simple hecho que lo que se puede nombrar, se puede conocer. Y lo que se conoce, no se teme. Es un principio mágico, en el sentido que todos podemos transformar lo que aprehendemos. Si no sabemos qué nos pasa, ¿cómo arreglarlo? Tal vez es porque tengo verdadera admiración por el lenguaje y cómo lo hemos desarrollado, pero la moda de no usar definiciones para no “encasillarnos”, creo que nos deja en una deriva que no tiene fin, ni puerto, ni faro. Muy parecido a la nada.
Me gustan los nombres de las cosas. Aunque se me extravíen. De pronto me despierto a medianoche con el título del libro en la boca y, al fin, puedo dormir en paz.
