Los humanos somos tan ilusos, que hasta planeamos nuestros funerales. Como si importara qué le pasa al cuerpo que dejamos atrás. No es que cuando lo usamos no importe, claro que sí. Es más, nuestra única comunicación con el mundo es a través de nuestros sentidos, de la experiencia incorporada, del cuerpo. Todo lo demás es sólo la interpretación de nuestro cerebro. Pero… Como todo lo llevamos al extremo, decidimos que también importa qué pasa cuando ya no estamos en este plano y les decimos a los que quedan qué hacer.
Claro que tengo fantasías funerarias extravagantes. La mejor es la que involucra buitres y una plataforma en el Tíbet, llamado un «funeral del cielo». Pero no se me ocurre dejar provisiones para que acarreen con mi cadáver a más de medio mundo de distancia para que me coman pájaros extranjeros. A lo más que llegaría es a que me organicen un funeral vikingo en el Lago de Amatitlán… Si no hubiera riesgo de incendiarlo todo, claro está.
A los que dejamos atrás les deberíamos dejar la libertad de hacer con nosotros y nuestros recuerdos lo que necesiten para ser libres y felices. El control más allá de la tumba es para sádicos egocéntricos que creen que la gente no puede vivir sin ellos. Yo realmente sólo quiero dejar en mi gente la sensación de haber sido amados por mí y que se rían de las cosas que hicimos juntos. Que no quede nada por resolver. Y que escriban en mi epitafio: … lo que quieran.
