Nos encanta sentir que merecemos lo bueno y que somos víctimas de lo malo. Como si el universo premiara y castigara. Cuando, en realidad, las cosas son indiferentes a nuestros deseos. La ley de la atracción debería rebautizarse como la ley de la atención. Nos pasa a lo que le ponemos interés.
Lo bueno es que las cosas tampoco son personales. Ni siquiera lo que nos hacen los demás. O, mejor dicho, son tan personales como queramos. Podemos ir por la vida apasionándonos con cada pequeña cosa o siendo totalmente indiferentes. A mí me gusta una combinación, el poder de elegir.
Bajémosle un poco a nuestras expectativas, a nuestra propia importancia, a nuestra necesidad de ser el centro del universo de todos. Sólo somos nuestro centro y sólo vivimos para salirnos de allí. Qué belleza de oportunidad para vivir existencias mejor ponderadas.
