En días como hoy, en los que no se asomó el sol ni de casualidad, sueño con playas y hamacas y calor. Me visto como si quisiera que me adoptaran: pantalones flojos, camisas grandes, suéter de viejita. El pelo se me esponja como si fuera un gato asustado y ya no sé si tengo hambre o sueño o frío o qué. Entonces, me siento en una esquina del comedor y trato de sentarme en una hamaca a la orilla de una piscina, con una margarita en la mano, un buen libro en la otra, música que no es reaguetón y la posibilidad de un beso en la hamaca de al lado.
Pasamos mucho de nuestro tiempo despiertos, imaginándonos cosas. Tenemos conversaciones con gente que no está, planificamos cosas a futuro que tal vez nunca lleguen, nos escapamos a lugares fantásticos que sólo existen dentro de nuestras mentes… Creo que es parte de lo que necesitamos para tener alguna medida de sanidad mental. Hasta la forma en la que manipulamos nuestros recuerdos tiene qué ver en cómo lidiamos con nuestras vidas cotidianas.
Los pensamientos que consentimos, ésos que más queremos y sacamos una y otra vez, no son necesariamente los que mejor nos hacen. Porque a veces alimentamos todo lo que más daño nos causa. Sin fijarnos. Como si viviéramos con un monstruo adentro que sólo tenemos que dejar morir para que nos deje en paz, pero que, por cualquier tipo de incapacidad de contenernos, seguimos visitando y dando de comer.
A mí me cuesta muchísimo no hacer crecer todo lo negativo. Pero tengo mis refugios personales: un bosque, una playa, el recuerdo de la risa de mis hijos… Trato de sacarlos más seguido. Tal vez logre algún día olvidarme de la bestia que me lastima cada vez que le pongo atención. Comenzaré con buscarle un bozal.
