Hace poco, me contaba un amigo que no tiene WhatsApp ni Telegram. «¿Y cómo te hablas con la gente?», le pregunté, horrorizada. Pausa. Incrédula. «Pues, por teléfono», me respondió de lo más natural. Y me quedé completamente sorprendida.
Yo ya casi no hablo por teléfono con nadie. Me siento invadida cuando entra una llamada de alguien con el que no quedé de hablar. Como si fuera obligatorio contestar el teléfono. Los mensajes de texto me parecen mucho más amables: se pueden contestar cuando uno quiera.
El problema verdadero no es, en sí, el vehículo de las palabras, sino la capacidad de ser entendidas. Con la emoción que llevan. Y, de forma ideal, la intención con la que se dicen. Todos hemos visto esas conversaciones entre dos personas que no se entienden ni con dibujitos. O hemos participado activamente en una.
El lenguaje deja de tener sentido cuando ya no comunica la idea del que lo envía. Cuando el canal está tan dañado que deja escaparse la verdadera intención y permite que se contamine de cosas externas que no vienen al caso. Encontrar que, no importa qué y cómo uno diga algo, se recibe como una patada entre las cejas, es desgastante y hace que las relaciones terminen a un lado del camino.
Yo prefiero escribir, porque puedo revisar mis palabras antes de enviarlas. Aún así, no siempre soy clara. Porque sólo puedo controlar mi parte del mensaje. Estoy comenzando a pensar que la idea de los dibujitos no es tan mala después de todo.
