Vacaciones de los niños y los tengo conmigo todo el día. Todo. El. Día. Y, creo que por primera vez en mis 9 años y pico que tengo de ser mamá, me los estoy gozando. Verdaderamente. Un poco estoy cosechando tanto año de tenerlos militarizados y que me hacen caso siempre-ish. Otro es consecuencia que, a mi avanzada edad, también ya me tomo las cosas un poco más relajadas.
Aprender a educar humanitos es algo que jamás se tiene seguro si se hace bien. Es más, lo seguro es que uno está haciendo algo mal. Y está bien. Porque si pudiéramos hacer seres perfectos, creo que no necesitaríamos existir. El reto es dar uno más de lo que cree que puede. Porque hay noches en vela y días en los que uno sólo quiere estar solo y decisiones que ya no puede tomar sin considerar a terceros y discusiones eternas diarias de por qué no le compro teléfono… Los duerme uno, respira pidiendo que no se levanten vomitando a media noche y a volver a repetir el proceso al día siguiente. Y así. Hasta que se acaba. Y se acaba muy rápido. Qué alegre. Y qué triste.
Por el momento, en tres días ya les pinté el pelo de colores, jugaron hasta cansarse en la piscina, dejé que le echaran pinta labios morado a la niña y comimos en una cafetería lo que ellos quisieron. Y les dije que no comieran con la boca abierta, que bajaran los codos de la mesa, los llevé al karate, los hice bañarse y, no, no les voy a comprar un teléfono. Porque he aprendido a decir que sí a más cosas, pero no a todas. Y está bien. Aún me hace falta mucho de las vacaciones.
