El punto ideal insostenible

Toda mi vida he tenido una relación muy mala con mi peso: siempre quiero menos y el ingrato regresa. Nunca se me sale de control, pero sí me pasa que, por mí, aplicaría el dicho de la Sipson: «nunca se puede ser suficientemente rico, ni suficientemente delgado». El problema es que mi cuerpo no opina lo mismo, le doy un poco más de peso en el ejercicio, tomo un poco más de vino y ¡zas! se ensancha a sus anchas y, pues, aquí me tienen, sabiendo que me tengo que volver a amarrar (más) la boca. Ooootra vez.

Y es que todos tenemos un punto de inflexión en el que nos gusta estar, pero que nos es casi imposible sostenernos. Como si la vida entera se viviera sobre la cuerda floja, en la que todo se trata de sostener un balance y todo conspira para que lo perdamos. ¿Que si nos gusta un tipo un poco? No es suficiente, nos enamoramos hasta el tuétano. ¿Que si hoy sólo voy a tomar un poco? Mentira, nos ponemos hasta las manitas. ¿Que si ahora sí vamos a correr sólo dos veces? Terminamos inscritos en una maratón (yo no, conste).

El término medio ese del que hablaban los griegos uno sólo lo pasa rozando de vez en cuando mientras nos paseamos de un extremo al otro. Nos hamaqueamos entre círculos viciosos y virtuosos, tratando, por una vez tan siquiera, poder sostenernos en la cima por más de la décima de segundo que pareciera suspendernos en el aire. Y, pues, no. Es imposible.

Tal vez la meta sea que nuestros extremos no sean tan distantes y poder pasar más veces por el medio. No engordar diez libras, sino dos. Tal vez. Y, tal vez, lo que tengo que hacer es dejar de tomarme una botella de vino yo solita. Tal vez.

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