Tener hijos le enseña a uno a que no sirve de nada saber. Hay cosas que tienen qué vivir por sí mismos y no hay forma de hacerlo diferente. En casa no les decimos mentiras, ni siquiera para Navidad, lo que nos ha ganado la antipatía de propios y extraños por igual. Eso les ha enseñado a los niños a sentirse seguros de nuestra sinceridad, a apreciar el valor de ser honestos y a poner la carita de inocentes para que se las miren amigos más «avispados».
Transmitir conocimiento duro, de hechos, es sencillo. Los datos son irrefutables. Los cálculos matemáticos son comprobables. Las experiencias sólo son ilustrativas. ¿Cuántos de nosotros realmente hemos decidido no meternos en un problema porque otro ya tuvo el lío? A veces necesitamos pequeñas decepciones y avisos de peligros que no son fatales para tomar mejores caminos. A veces ni así aprendemos y, viendo venir la pared contra la que nos vamos a estrellar, aceleramos.
Como mamá, sólo puedo decir que allí está el peligro y retirarme a ver si deciden parar, o si me va a tocar ayudarlos a recoger los pedazos. Y, lo último, sólo si me dejan. Es muy difícil, porque me gustaría que nunca sintieran dolor. Pero, aunque su dolor me duela más que cualquiera mío, se tienen que estrellar de vez en cuando.
