La cosa más grande, menos importante

Yo siempre he dicho que quiero un funeral vikingo. Aunque sea en Amatitlán en cayuco. Digo, ya ese lugar está tan sucio, que un barquito quemado más, las cenizas de un cadáver menos, no debieran hacer demasiada diferencia. Resulta que no se puede.

Y también resulta que mis deseos en ese respecto son totalmente irrelevantes. La gente que uno deja es la que tiene derecho de disponer de los restos que se quedan, de la mejor manera que consideren. Aún si eso fuera tirarlo a uno en el desagüe más cercano.

La muerte termina siendo el cierre inevitable a todo lo que le metimos al tiempo ese de en medio desde que nacimos. Es el último «gran» paso. El cuál, al final del día, es irrelevante. Todos nos vamos a morir. ¿Y? Hasta el recuerdo que dejamos es maleable. Yo sólo recuerdo lo que quiero de mis papás. Lo que me duele, o molesta, simplemente lo ignoro. Así que ni en la memoria se conserva uno.

Vivir da miedo. Hacer cosas da miedo. Sentir y amar dan miedo. Por lo menos a mí, porque todo eso está lleno de incertidumbre. Pero morir es la cosa más certera que se nos regala en la existencia.

Yo quisiera que la vida y sus consecuencias me afectaran de la misma forma que la certidumbre de mi muerte. Es decir. Que no me afectaran en absoluto. Sigo queriendo un funeral vikingo. Dudo que se pueda. No creo tampoco que me vaya a enterar.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.