Las katas en el karate son movimientos precisos y coordinados que simulan un combate. Bien hecha, se puede apreciar exactamente cómo se le puede romper hasta la memoria al tipo que se imagina uno enfrente. Para los exámenes de cambios de cinta, se hacen explicaciones, que no son más que agarrar a un cuate que lo quiere a uno mucho y que se deja cachimbear para demostrar cómo se usa cada cosa. Cuando uno va aprendiendo en dónde se agarra la muñeca y para dónde se tuerce, en dónde se meten los dedos en la garganta, por dónde las costillas ya no protegen, en cuál lugar de la pierna se dobla la rodilla, se da cuenta de la cantidad de puntos débiles que tenemos en el cuerpo.
Algo igual pasa con nuestros sentimientos. Nos guardamos de acercarnos demasiado a muchas personas. Y mientras más crecemos, más capas protectoras ponemos entre nuestra sensibilidad y el mundo, porque apreciamos el efecto que tiene una palabra punzante. De verdad no es nada chistoso enseñar la parte tibia y suave que no tiene escamas y recibir una patada.
El problema es que, si no aceptamos ese tipo de peligro emocional, nunca forjamos relaciones verdaderamente cercanas y nos quedamos insatisfechos. Yo soy la primera que prefiere ser un dragón duro, envuelto en una coraza impenetrable a que me descubran la menor debilidad emocional. Pero no se es feliz. Así que he aprendido que la mejor forma de proteger la fragilidad es entregarla sin expectativas. Uno tiene la satisfacción de saberse abierto a recibir, pero no espera nada. Cuando al fin aprenda a hacer eso, estoy segura que cualquier muestra de cariño va a ser importante, por inesperada.
