Armando una vida

Junto con la casa de mis papás, me tocaron todos sus muebles. Algunos antiguos, algunos simplemente viejos. En un arrebato de tristeza, regalé la sala entera (igual era la cosa más fea de toda la historia de todos los muebles de sala que jamás hayan existido), la cama de mis papás, unas mesas y no recuerdo qué más cosas. Pero me quedé con muchos de los muebles que usaba mi papá en su estudio, incluída su silla.

Nuestras vidas las armamos con las piezas de las experiencias que decidimos guardar. Lo sepamo o no, esos recuerdos a los que les damos vueltas son los muebles que usamos en nuestros cerebros. Y cada uno escoge la decoración que quiere.

Se ha descubierto que cada vez que recordamos algo, lo cambiamos ligeramente por el simple hecho de examinarlo. Yo creo que cada vez lo vemos desde un punto de vista diferente, porque nosotros no somos los mismos. Podemos apreciar nuestra propia historia con nuevos ojos y darle un sentido a las cosas que hemos pasado. Hasta los malos recuerdos tienen una función enriquecedora,  si logramos la distancia necesaria para verlos sin dolor.

Algo así como mis muebles viejos. Poco a poco los he ido cambiando a mi gusto, porque quiero conservar el recuerdo, pero lo quiero transformar en algo que me guste. Un buen ejemplo es la silla que usaba mi papá para trabajar. Negra con gris. Ya no. Ahora es mía. Y es rosada.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.