Ya hace unos años me caí estrepitosamente en un parqueo. Al aire libre. Frente a una calle muy transitada. Yo iba en vestido. Digamos que no fue uno de mis mejores momentos. Ni siquiera pude quitar la cara del todo y sí me bajé a saludar al asfalto. Lo más dañado fue mi orgullo, obvio.
Sentir que nos precipitamos con aviada hacia un fin inevitable es una sensación muy fea. Dejamos el control, vemos venir el trancazo, nos duele antes que suceda. La inercia es una de esas fuerzas físicas que son inmutables y que, curiosamente, también se aplican a la vida emocional. Le encaramamos tanto al carrito que lleva el rumbo de nuestras vidas, que nos cuesta muchísimo cambiarle la dirección. Y la velocidad sólo aumenta.
Durante la vida hay señales, momentos clave que sirven, ya sea para hacer desvíos pequeños que repercuten inmensamente en nuestro destino, o para parar por completo y retomar un camino completamente diferente. Pero, para hacer esos cambios, hay que estar muy atentos a lo que nos está sucediendo en el momento de ahora y lo que nos va a pasar si seguimos por donde vamos. Eso de cambiarnos de carril a último momento pasándonos casi que por encima de tres filas de carro porque no nos acordábamos que por allí quedaba la salida, sólo es otra forma de dejar la carita en el asfalto.
Es cierto que no todo se puede prever, pero hay cosas que son más claras que un vaso de agua. Como el hecho que iba a dejar media nariz en el suelo cuando no me fijé que había un tope en dónde tropezarme.
