Primero, uno

Pareciera que ser mamá es dejarlo todo por atender a las crías. Al menos así era la mía. O, tener que ser una profesional exitosa y ocuparse de micro-gerenciarles la existencia a los engendros. Lo cierto es que uno de mamá, en su mayoría de casos, siente culpa por tomarse tiempo para uno. Como si estuviera abandonando sus obligaciones.

Hay que ser muy claros: un bebé necesita de atención y que uno deje el sueño en esa cuna. Es lo que hay. Pero también es cierto que, si uno no está bien, menos puede cuidar bien de alguien más.

Mis pobres hijos se tienen que conformar conmigo como madre, que tengo momentos en lo que sí les digo que me dejen en paz. Espero que eso no les cause demasiados traumas.

La puerta abierta

No sé si sea cierto que se sigue teniendo una conexión con nuestros muertos. Al menos no espiritual. Pero sí estoy segura que yo a los míos les presto mis ojos para que miren mi vida a través de mis recuerdos, los nuevos que hago sin ellos.

Morirse es parte de la vida. Ninguno nos escapamos. Y es mejor tenerla de buenas, que sepa que le damos la bienvenida cuando toque la puerta. Ver morir a los nuestros también. Es una bella forma de inmortalizar a quienes queremos, hacerlos parte de nuestra casa hablando de ellos, cocinando sus recetas, dejando que todavía crezcan con nosotros.

Tal vez no haga un altar, sobre todo porque no tengo costumbre. Pero seguro que los llevo conmigo siempre.