El nombre de las cosas

En mi mente, tal vez hay terremotos que me mueven las neuronas y hacen que no pueda encontrar fácilmente algunas palabras. Parecen pájaros que salen volando cuando me les acerco. Y si esas palabras son el nombre de la persona con quien hablo, se esconden como duendes que guardan un tesoro debajo del arcoíris. Casi al alcance de mi boca. Casi.

En todas las culturas, saber el nombre de las cosas, de las situaciones, de los lugares, demonios, personas, sentimientos, ha acarreado poder. Por el simple hecho que lo que se puede nombrar, se puede conocer. Y lo que se conoce, no se teme. Es un principio mágico, en el sentido que todos podemos transformar lo que aprehendemos. Si no sabemos qué nos pasa, ¿cómo arreglarlo? Tal vez es porque tengo verdadera admiración por el lenguaje y cómo lo hemos desarrollado, pero la moda de no usar definiciones para no “encasillarnos”, creo que nos deja en una deriva que no tiene fin, ni puerto, ni faro. Muy parecido a la nada.

Me gustan los nombres de las cosas. Aunque se me extravíen. De pronto me despierto a medianoche con el título del libro en la boca y, al fin, puedo dormir en paz.

Salir a poner el sol

Despierto temprano por costumbre, por estrés, por necesidad y por necedad. Yo sí sigo el ritmo de mis antepasados cavernícolas para quienes el día, con luz, marcaba sus actividades. Me gusta el sol. Detesto que esté nublado. No me desvelo casi nunca y creo que no hay necesidad de no dormir.

Los seres humanos no estamos biológicamente equipados para movernos de noche. Apenas distinguimos algunas formas a oscuras, sino pregúntenles a tantos deditos del pie heridos en combate contra las patas de diversos muebles. Pero también es cierto que no tenemos la constitución para volar, ni para vivir sin abrigo, ni para hacer tantas de las cosas que hacemos día con día. Simplemente nos adaptamos.

Seguro es una predilección, aunque hay estudios que demuestran que nuestros cuerpos descansan mucho mejor antes de la medianoche y que sí tenemos ventajas al movernos de día. Tal vez no sea necesario estar fuera de la cama a las cuatro de la mañana (o antes, no me juzguen), pero los días son mucho más productivos cuando empiezan temprano y con un buen descanso previo. Claro que no importa qué tan bien se cuide uno, al final todos vamos a morir. Pero sí hace mucha diferencia en qué estado uno devuelve el equipo.