Donde se juntan los medios

Claro que hemos escuchado que lo importante es que se junten los medios. Sobre todo si hablamos de personas con estaturas muy dispares. El problema siempre son los extremos. En todo.

Perdemos de vista la humanidad de nuestro interlocutor cuando no podemos escuchar su posición. Los extremos, sobre todo los radicales, son todos malos. No hay una posición que pueda ser inamovible sin tener contradicciones. Porque así somos los seres humanos. Nuestra composición psicológica entera está conformada de valores opuestos y somos más felices y mejor adaptados cuando los podemos reconciliar por dentro. En el medio. Donde cuenta.

Hay que tener la capacidad de escuchar a la otra parte. Y mientras más se distancie de nuestra posición, más importante es entenderla y encontrar el interés común. De nada nos sirve demostrar que tenemos la razón, si perdemos el argumento. Y nunca hay razones suficientes para convencer a un fanático. Mejor entrar por el lado amable, ese donde uno se acopla y hasta agradable se vuelve la interacción.

El no-niño sigue dormido

Ya es la una y media y no se asoma el joven de 14 años que vive en mi casa. No quiero despertarlo, pero tampoco estoy del todo segura que esté durmiendo. Puede estar chateando con su último crush. Por algo es guapo y adolescente. Tengo que admitir que el cambio que ha tenido nuestra relación es desconcertante. Lejos el niño que se acurrucaba a hacer siesta conmigo. Y lo aplaudo. Definitivamente no quiero un niño grande. Quiero que se convierta en adulto.

Necesitamos un espacio con nuestros pares para desarrollar nuestra personalidad. Y darnos el chance de probar varias, lejos de la supervisión de otros que creen conocernos definitivamente. Para los hijos, está la integración con su grupo de amigos. Para una pareja, está el regalo de no imponer expectativas en el otro y dar espacios de crecimiento personal. Además de tener una apertura para aceptar las diferencias. Todos cambiamos. Siempre. Claro que uno tiene el derecho de decir si lo nuevo le gusta o no y uno alejarse. Pero no imponerse. Un poco de guía con los hijos, claro.

Mi papá no me dejaba dormir tarde ni los domingos. Aquí si la puerta está cerrada, se deja. Hasta el mediodía porque ya está el almuerzo y tengo que ver si el engendro respira.

Primeras veces

Vi palomas deshojarse del techo de una iglesia que dice ser la primera. En realidad, todos somos primeros en algo. Al menos en nuestras propias vidas. Y, si queremos hilar más fino, todo lo que hacemos es nuevo porque es imposible repetir las cosas. El momento pasa. Y tal vez el siguiente sea parecido, pero nunca igual.

Rico tener primeras veces. Escoger si habrá más o uno se queda con esa única. Y, aunque el ser especial sea lo más común en la naturaleza, no hay obligación de quitarle mérito.

Pequeñita la iglesia. Parece un libro colocado sobre las orillas de su portada, haciendo un triángulo. Adecuado que las palomas parecieran pájaros de papel que alguien deja caer.

Emoción vacía

Los domingos se supone que duermo hasta más tarde que de costumbre. Y heme aquí, viendo un montón de carros dar vueltas… Parece aburrido en papel pero es demasiado emocionante. Por algo estoy despierta. Lo mismo con cualquier deporte que uno mira sin jugar. Hay un fenómeno extraordinario que nos permite sentir que estamos personalmente involucrados en cosas que ni siquiera sabemos hacer.

Los humanos tenemos la capacidad de aprender viendo a otros. Nada fuera de lo común. Lo que nos distingue es que podemos participar de las emoji de los demás. De hecho, la empatía es una habilidad indispensable para nuestra humanidad. Nos permite ser sociables, mantener relaciones, emocionarnos con películas y música y deportes.

Claro que no todo es bonito. Como ahorita que salieron los dos carros de “mi” escudería. Me tengo que recordar que ni los manejo, ni tengo una sola acción del equipo. Tal vez me vuelva a dormir.

Des-

Se destiñó la tinta

con que escribimos nuestros planes

los dejamos tanto tiempo al sol

ya no se lee nuestra vida

pero queda la hoja en blanco

y yo traigo otra pluma.

Caldo de frijoles

Hoy hice caldo de frijoles. En esta casa eso sí es excepcional porque casi no hago. Parece tan sencillo, pero no es comida que me venga a mente como cosa normal. Y le puse nuditos de masa que vi en un tuit.

Escribo de esto porque mi gente estuvo feliz y me recuerda que a veces sólo tengo que hacer un pequeño cambio para regresar a un estado de gracia. Es como cambiarse el peinado, comprar una blusa nueva, mover de lugar los muebles. Cosas pequeñas que nos sacan del aburrimiento y nos regresan a querer seguir. Por eso uno toma vacaciones, hace cosas distintas el fin de semana, tiene hobbies. La vida camina bien con rutinas y mejor con pequeños recreos.

Tal vez no vuelva a hacer caldo en mucho tiempo. Pero seguro sí hago algo distinto cada semana.

Engañosamente simple

Hay postres que aparentemente son sin gracia: un pan-de-pan, unas torrejas, los buñuelos… ay, las chancletas. Un postre inglés, el trifle, que no podría tener ingredientes más sencillos. Pero todos tienen capas de sutileza que nos hacen regresar a comerlos una y otra vez.

La complejidad a veces tiene poco qué ver con lo complicado. Así son las mejores personas: sencillas, abiertas, fáciles de convivir. Pero profundas y llenas de sabores bien hechos. Tal vez eso es el secreto: hacer bien las cosas, por muy simples que parezcan.

Me gustan esas cosas, prefiero esas personas. Es más rico tener un fundamento firme y bien alisado. Se puede construir un edificio enorme sobre esa base. Ahora sólo tengo que encontrar una buena receta para las chancletas.

Vivir con la decisión

Hay cosas de las que uno se arrepiente al día siguiente y que tienen nulas consecuencias. Como cortarse o pintarse el pelo. Casi siempre me pasa que me cambio algo y salgo feliz, sólo para llorar al día siguiente.

Pero también están las decisiones que, si bien es cierto no son de las que alteran el rumbo de una vida, tienen peso y nos cambian de formas más sutiles, pero no menos permanentes. Y allí es donde hay mucho qué aprender cuando uno tiene que guiar a la gente a su cargo (en mi caso los niños). Dejarlos tomar sus decisiones y que afronten las consecuencias es como enseñarles a caminar. Se van a caer. Pero uno tiene que dejarlos, dentro de un ambiente relativamente controlado. El arte está en saber hasta dónde el control.

Me gusta pensar que no los manipulo para que escojan lo que yo quiero. Pero que también tienen un mínimo de criterio para decidir. Las rueditas de la bici tienen que sacarse en algún momento.

No quiero que me cuenten

Las precuelas, en general, son la forma fácil de subirse a una historia que ya tiene éxito. Casi nunca aportan algo nuevo y sirven poco para la trama que a uno le gusta. Digamos que tratan de llenar vacíos, pero no toman en cuenta que uno ya lo hizo. Y hasta mejor que lo que pueden presentar.

No sucede lo mismo con las personas, que son una fuente inagotable de historias por descubrir. Sobre todo los papás de uno. Tengamos en cuenta que son como una película que uno empieza a ver a medias y que llevan una trama que apenas se comienza a entender cerca del final. Es tan bonito sentarse a hablar con la gente de uno y pedirle que le cuenten las cosas que vivieron como personas separadas del papel que juegan con uno.

Yo no tengo el privilegio de hacerlo con mis padres. Pero sí tengo a los abuelos de mis hijos y cada vez que nos cuentan cosas, los entendemos mejor y me da una dimensión más clara de dónde vienen. Tal vez sí quiero enterarme de lo que ha pasado antes, pero sólo si llevo la historia a la mitad.

La línea recta

No vamos a encontrar

una línea sin curvas

que me lleve de aquí hasta allá

porque torciste los caminos

con cada sonrisa de esa boca tuya,

me envuelve y hace girar

el mundo me rodea en espirales de deseo

y no puedo caminar recto.