No nos gusta y lo hacemos

Habiendo tantas cosas placenteras en la vida, esforzarse y sudar y privarse y perserverar suena a castigo. Todo parece estar condicionado a que paguemos por ello. No en dinero, eso sería demasiado fácil. En vida, en intención, en tiempo.

Y de eso sí nos cuesta desprendernos. Sabemos sin tener que analizarlo demasiado que cada pedazo de tiempo que pasamos haciendo algo, nos cuesta lo que no podemos recuperar jamás. Hasta que, a veces, nos quedamos paralizados ante una simple necesidad de escoger entre un restaurante y el otro. Porque cada decisión es un cruce y dejamos atrás todo el resto de nosotros que pudimos haber sido si hubiéramos tomado el otro camino.

Siempre existe el otro camino. Y siempre nos va a costar algo tomarlo o no. Y, todo lo que queremos, siempre nos va a requerir un esfuerzo. Porque queremos mucho, aunque sea una sola cosa. Hasta la paz pide el precio de la meditación.

Me pasa que a veces el peso de las cosas que quiero me cansa y el esfuerzo que hago es mayor a la recompensa. Como ahora que tuve unas cuantas semanas de desorden en mi dieta y estoy pagando apretadas las consecuencias. Pero lo hice consciente. Y ahora me toca volver a retomar un camino menos ancho. Menos mal porque no quiero comprar ropa nueva.

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