Sorprenderse con lo Usual

Típico en el colegio que entra una chava o un chavo nuevo y automáticamente tiene el mega pegue loco. Casi puede ser pariente de Pie Grande, igual causa revuelo. Es el llamado de lo nuevo. Claro, uno tiene chorrocientos años de estar sentado en la misma clase con la misma gente, a la que le conoce los cambios de voz, la aparición de los barros, los días de poco aseo y demás gracias de la pubertad. Pareciera ser que lo único necesario para conseguir pareja es cambiarse de colegio/universidad/empleo.

La familiaridad ayuda a acostumbrarse al otro. A llenar los detalles de una cara, de un cuerpo, con la velocidad automática de un cerebro que ya tiene una imagen guardada. Las parejas que llevan mucho tiempo juntos sabrán que ya no es lo mismo compartir una ducha. Las mamás podremos describir de memoria dónde llevan todas las cicatrices los engendros que tiene uno a su cargo.

Pero allí donde el aburrimiento pudiera hacer morada, yo he encontrado una oportunidad para sorprenderme. En pequeños momentos como trabajar en la misma mesa, sentados uno frente al otro, redescubro una cara con la que he vivido desde hace casi diez años y que conozco desde hace más de veinte. Y me vuelve a gustar. O, acostados en la cama haciendo siesta con los dos críos y los dos gatos, el peso de una mano en mi cintura me suaviza las facciones en una sonrisa y siento que suspira el corazón.

La familiaridad de lo normal puede ser emocionante si uno encuentra la forma de redescubrir por qué uno estaba colgado desde un principio. Así, no se alborota con el primer nuevo que se le atraviesa a uno en el camino.

Inspirarse

¿Cuántas de las canciones que nos gustan hablan de amores no resueltos/perdidos/peleados? La poesía que más resuena es la que duele. Las películas románticas, si no terminan con muertos, se llaman «comedias». Hasta los cuentos de hadas: todo es conflicto y, cuando al fin están felices, decimos «fin». Pareciera que el combustible del arte es la tristeza. Por lo menos, el conflicto. ¡Qué hueva!

Por el otro lado, cuando en redes sociales encontramos gente que sólo dice cosas bonitas, que siempre parece estar feliz, la tachamos de falsa. Es más fácil encontrar con quién compartir las penas que alguien que brinde por los éxitos.

La realidad vive, como siempre, en algún punto medio entre necesitar alimentarse de tragedias para ser creativo y vivir en un mundo de fantasía donde todo es color morado (no me gusta el rosa). Es cierto que me es más fácil escribir cuando tengo una espina qué sacarme. Las veces que comparto mis sentimientos más suaves me han dicho que soy un poco cursi. No me importa. Si tuviera que esperar tener algo de qué quejarme para poder insipirarme, preferiría no volver a escribir y vivir feliz.

No vivimos ajenos al dolor, pero tampoco éste debería de motivarnos a compartirnos con los demás. Tal vez, si aprendiéramos a alegrarnos más con las alegrías de otros, escucharíamos más canciones felices, veríamos más películas de relaciones bonitas. Tal vez, los cuentos de hadas comenzarían con «después de muchas tribulaciones, ahora son felices y viven así…»

Las Cosas Buenas a la Fuerza

¿Alguna vez han tratado de convencer a un niño que coma algo que no ha probado y que dice que no le gusta? Allí está uno, sentado frente al contrincante, dos pares de ojos se sostienen la mirada. Suena música de peli de vaqueros. Sale el primer proyectil: «¡No me gusta!» Inmediatamente le contesta: «¿Cómo sabes que no te gusta, si nunca lo has probado?»

Esta discusión se prolonga todo lo que uno está dispuesto a argumentar con lógica, contra quien está contestando con emoción (o el estómago, en este caso). Imposible. Porque es más fácil que nuestras mentes encuentren razones para lo que queremos sin razón, que al revés. Muy rara vez nos endeudamos por comprar cosas esenciales. Pero vemos el carro que nos quita el aliento y allí estamos haciendo presupuestos que nos dejan a una comida al día. O las ideas a las que les tenemos cariño. Somos capaces de rellenar los barrancos lógicos más profundos, con tal de mantenernos montados en nuestros machos.

Ni modo. Para mientras, siempre me queda el argumento infalible: «Te lo comes, o no hay postre.»