¿Y si era yo?

Anoche tuve un sueño raro: perseguía a un tipo por un corredor de paredes blancas, lo alcanzaba, le daba un abrazo y le decía «te amo». Cuando vi la cara de terror que me puso, le dije que eran mentiras, que en realidad no lo amaba y que simplemente me caía bien. Recuerdo que no recordaba al pobre hombre y que me alejaba avergonzada del impulso.

¿Por qué nos cuesta tanto decir que queremos a alguien cuando no estamos seguros de ser correspondidos? Los niños lo hacen todo el tiempo y son felices simplemente de sentir que quieren. Los míos se saben profundamente amados y eso les da la confianza para voltearse y querer a su vez. Nosotros de adultos nos guardamos y somos avaros con nuestras demostraciones de afecto. Sentimos que algo se nos atrofia de la adultez si queremos mucho, si lo decimos, si lo demostramos.

Peor aún: nos da miedo no ser correspondidos. Uno puede querer y no esperar reciprocidad. El querer no se desperdicia. Y si nos malcorresponden, nos volteamos con nuestro cariño, que es nuestro para dar y quitar y lo llevamos para otra parte.

Espero encontrarme al tipo de mis sueños de nuevo y decirle de nuevo que lo quiero, dejarle el regalo de ese cariño para que se voltee y lo regrese. Igual dentro de mis sueños, todos somos yo. Y yo sí me quiero querer.

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