El orden es uno de esos estados absolutos: o hay o no. Cualquier cosa fuera de su lugar implica que el desastre se va apoderando poco a poco de los espacios. Es un crecimiento exponencial, porque un relajo engendra a dos o tres más hasta que nos ahogan.
Por eso es tanto más fácil volver a dejarlo todo donde va, en cuanto se usa. El «después recojo» es equivalente a «mañana hago dieta». Nunca llega. Ahora con tanto tiempo en casa y los niños adentro, es se hace aún más evidente. Allí voy, exhortando a los engendros a que no dejen la tierra arrasada a su paso cual Atilas modernos y domésticos. No es una batalla que gane con facilidad y creo que hay áreas en las que la derrota es inminente.
Pero no quiero darme por vencida. Aunque tengamos una mesa nueva atravesada a medio corredor porque allí reposa el rompecabezas en proceso, los patines ahora sean las ruedas que andan en el garage y haya implementos de dibujo por todas partes. Al menos no quiero platos sucios regados, ropa haciendo las veces de pieles de culebra por el suelo y otros recordatorios de la vida que está detenida.
Mañana intentaré adentrarme al clóset. Ojalá salga victoriosa.
