Promover

«¿Hoy no tienen clase de yoga? ¿No tienen quién se las dé? Tenga, éste es el user de una amiga que da clases buenísimas.» «¿Ya probaste las donas de XX?» «¡Conseguí el mejor shampoo!» Y así. Fantástica para promocionar a otra gente, jamás me he podido vender (en buen sentido), ni las pocas cosas que he intentado hacer de negocio.

Crecí en una familia de gente «bien venida a menos», lo cual es simplemente otra forma de decir que éramos pobres con ínfulas. Nosotros no éramos comerciantes, ¡uy no! Cosa más ridícula.

Todos en la vida necesitamos vendernos de alguna forma. Si queremos pareja, hay que enseñar los atributos que podemos ofrecer. Si queremos convencer a alguien, nos tiene que comprar la idea que estamos transmitiendo. No digamos conseguir un puesto. Siempre estamos proyectando lo que queremos enseñar, lo sepamos o no. Y eso que ponemos allá afuera determina quién se nos acerca y con cuáles intenciones.

Tal vez yo no sirva para vender cosas que yo hago, pero seguro soy la mejor promotora de las cosas que me gustan de otros. A lo mejor tendría un futuro en relaciones públicas. El problema es cómo consigo clientes.

Ansiedad

Todavía estoy recuperándome de un fin de semana en el que reafirmé mi incapacidad para afrontar ciertas interacciones sociales. Entre padres que alientan a sus hijos a saltarse las reglas, hasta señoras fufas devolviendo una rodaja de pan a la canasta común. Simplemente me enferman cosas así de tontas y me dan ganas de esconderme (más) tras mi caparazón.

Las normas básicas de convivencia social son el primer piso sobre el que se construye una sociedad. La amabilidad genera empatía que genera confianza que genera relaciones sólidas que generan negocios que generan riqueza, que genera amabilidad. Puede ser una sobre simplificación de un problema mucho más complejo, pero, si la gente fuera decente en cosas tan pequeñas como no levantarse el lapicero de la oficina, porque está mal, tal vez habría menos desfalcos millonarios.

Yo soy egoísta. Soy humana. Las dos cosas, según mi cosmovisión, van de la mano. Incluso cuando me doy en tiempo, recursos, cariño, empatía, amistad, lo hago porque yo quiero. Eso para mí es egoísmo. También me mueve mi auto preservación a seguir las reglas lógicas de la sociedad en la que vivo, porque quiero seguir viviendo en ella. Así, entiendo cómo a largo plazo me conviene que todos tengan mayores y mejores recursos y estoy dispuesta a aportar para que esto suceda.

Lo que se me escapa por completo de la mente es esa miopía porcina de no poder ver más alla del derecho de una muy corta nariz y la incapacidad de medir las consecuencias de los actos. No puedo. Me supera. Me da ansiedad.

Y me hace dar gracias a Dios que las personas que me rodean forman una tribu de dementes que comparten en gran medida mis limitaciones sociales. Tal vez todavía logro fundar una comuna.

Entre dos temperaturas

Ir detrás de un carro choyudo es uno de mis venenos principales. De esa gente que va más despacio cuando miran el semáforo en rojo. Y es que, o uno va, o uno no va, pero eso de medio ir es desesperante. Si ustedes no han escuchado lo de «a los tibios los vomitaré», pues es una de mis citas favoritas de la Biblia.

La vida tiene infinitos matices. Rara vez hay cosas enteramente buenas o completamente malas. Si buscamos, encontramos excepciones para todas las reglas. Pero por algo las excepciones confirman lo que se hace generalmente.

Nadar por un océano tibio, a mí, me parece como estar sumergido en pipí. Desagradable. El café tiene que quemar, el fresco tiene que estar helado. Las decisiones tienen que ser firmes. Los valores tienen que ser inamovibles. Las leyes se aplican siempre.

El mundo tiene día y noche. Luz y oscuridad. Los cambios de clima drásticos templan el carácter.

Es cierto que hay pocos accidentes fatales conduciendo a 15kms por hora. Pero tampoco se llega a ningún lado. Así no es vida.

La tolerancia peligrosa

En la vida, lo que más me ha ayudado a obtener lo que quiero es la amabilidad. Una sonrisa, un saludo, un «por favor» y un «gracias», me han abierto más puertas que cualquier calificación. Claro que la competencia, efectividad y éxito me los he tenido que trabajar una vez atravesado el marco de la puerta, pero ese primer paso seguro fue por educada. Y es algo que me sigue acompañando. Sólo que ahora me he topado con situaciones en redes sociales en los que esa cordialidad no sólo no me sirve de nada, sino que me pone en una clara desventaja ante ciertas actitudes de personas que se sienten poderosas porque pueden insultar desde el anonimato. Me dejan fría, sin saber qué contestar. Porque no entiendo la necesidad de una agresión sin provocación.

Ahora bien, también existen momentos en los que la amabilidad se vuelve tolerancia y la tolerancia en complacencia y la complacencia en complicidad. No se debe quedar uno callado ante un abuso flagrante. Un «está pasándose de la raya», «eso no es permisible», o un simple «con eso no estoy de acuerdo, usted está equivocado», también son parte importante del discurso que nos mantiene dentro de una sociedad. Ser «tolerantes», en su extremo, nos puede llevar a «aguantar palo». Y no. La educación que me machacaron mis padres no está por encima de mi integridad.

Por eso es tan importante meterles a los niños en la cabeza que siempre tienen que saludar, pero que no es obligatorio que den un beso a un extraño. Que deben decir «gracias» y «por favor», pero que no tienen por qué dejarse que alguien los acose. Que nosotros los papás mandamos, pero que nos pueden preguntar por qué les pedimos que hagan ciertas cosas.

El mundo cordial, pero firme en sus valores, funcionaría mucho mejor que el desmadre que tenemos de gente que sonríe mientras les pasan encima. Tal vez mi lema podría ser «Gracias, pero no me chinguen.»

Dos verdades opuestas

Me encanta el orden. Ver estanterías de cosas agrupadas en algún sentido, ya sea por tamaño, o color, o forma, o sabor, lo que sea, me llena de satisfacción. Pero no me desvivo por ponerme a ordenar yo, creo que viviría amargada.

Por el otro lado, me encanta el caos creativo, ese en donde germinan las ideas sin una estructura aparente y de donde salen genialidades cuál Venus de la concha. Pero no puedo vivir en ese modo perennemente, no lograría hacer nada.

La dualidad en la vida, esa que nos hala entre dos extremos, no es difícil cuando es entre algo bueno y algo malo. La cosa se complica cuando es entre dos cosas igualmente buenas. Como dice Roy H. Williams, ¿están en una reunión aburrida? Pregunten qué es más importante, si la justicia o la compasión y siéntense cómodamente con un guacal de poporopos a disfrutar del espectáculo.

La vida nos pone a elegir entre caminos iguales, en direcciones opuestas. Ambos destinos son buenos, pero irreconciliables entre sí. El verdadero genio toma uno y erige puentes que lo comunican con el otro, de acuerdo a la circunstancia.

Yo he aprendido a que, los momentos de inspiración caótica sólo me son posibles si estoy en un ambiente ordenado. Ahora, no me vayan a preguntae si prefiero la compasión a la justicia.

Tal vez no es importante

Alguna vez me quedo con una opinión entre pecho y espalda, porque «calladita me veo más bonita», o porque no me han pedido mi opinión, o porque no es de mi incumbencia. En realidad todo eso se resume en: para la situación y la otra persona, mi opinión no es tan importante. Y eso es cierto en relaciones interpersonales y en cuestiones de conducta que no me afectan directamente.

Pero vivimos en el mundo que moldeamos a nuestra imagen y para cosas grandes, nuestra opinión sí importa. Es bueno manifestarse en contra de la injusticia. Es esencial hablar a favor de nuestros principios. Nos afecta directamente si nos quedamos callados ante atropellos.

Por alguna razón, nos es mucho más sencillo opinar fuerte y frecuentemente acerca de cosas que no nos tocan, como la forma en la que se viste la vecina, si tal o cual persona se acuesta con otra o con mil, si cree o no en la misma vida después de la muerte que nosotros. Nos cuesta muchísimo más plantarnos y mantenernos firmes en nuestras opiniones fundamentales.

Y ésas son las verdaderamente importantes. Restarle importancia a cosas que no la tienen y concentrarla en las que sí, nos da poder. Y eso es algo que a mí me gusta.

El valor de las opiniones

Escribir me hace platicar conmigo misma. No es un ejercicio particularmente agradable, porque hay pocos psicólogos tan pisados como el que uno encuentra en el reflejo, pero ayuda a entenderse y eso es bueno. También ayuda a darse uno la justa medida de su valor, del que uno se asigna cada día y que le presenta al mundo. Es el precio que uno pide para relacionarse con los demás. Ya depende de cada quién si está dispuesto a pagarlo. Así he aprendido también en cuánto valoro la opinión de otras personas, las cercanas y las demás. Me ha liberado de muchos trabes y me ha afianzado en mi afinidad a cierta gente.

Pero también me ha puesto en mi lugar: mi opinión acerca de las cosas que no me conciernen no es tan valiosa como yo creía. Porque no podemos, en toda sinceridad, decir que lo que piensen los demás de nosotros nos importa poco y pretender que cada una de nuestras ideas sea recibida como maná del cielo. Hay contradicciones que sólo nos matan neuronas. ¿Y saben qué? Hasta entender que a terceros con los que no tengo mayor relación les puede venir de la posición superior de la brújula lo que yo piense, también libera.

Poder tener un set de creencias (soy católica, me encanta mi religión, pero no estoy tratando de convertir a nadie), costumbres (no celebramos Halloween, no viene Santa Claus, pasamos Navidad y Año Nuevo juntos), valores (en esta casa no se miente. Punto.) y tradiciones muy particulares, que no interfieran con la vida de otras personas fuera de nuestro círculo, sabiendo que al mundo le importa muy poco qué hagamos, permite que cada quien lleve su humanidad por el lado que quiera. Y escribo para detallar ese viaje.