«¿Mama, me puedo comer un helado?» «Amor, ¿qué hacemos el fin de semana?» «Tengo fiesta, ¿qué me pongo?» O, qué se hace al almuerzo, por dónde me voy a recoger a los niños, si está lloviendo será prudente salir, qué le compro al fulanito de cumpleaños… Uno va por la vida tomando decisiones de las cosas más triviales. Lo simpático es que el cerebro no sabe distinguir entre escoger a cuál restaurante ir y si se debe o no uno casar con x o y (u operarse algo, o cambiar de trabajo o cualquier otra cosa importante).
La toma de decisiones involucra un proceso de análisis de la información que se tiene, de asignación de valor a eso que se conoce, de comparación de niveles de satisfacción entre una posibilidad y otra y, por último, la acción decidida. Este proceso se repite siempre, no importa si lo hacemos de forma consciente o no. Y cansa. No sé ustedes, pero yo termino echando humo de la cabeza en un día normal de tantas cosas banales que tengo a mi cargo.
Allí es cuando caemos en rutinas que nos facilitan no tener que esforzarnos en analizar. Vamos a los mismos restaurantes, agarramos por los mismos caminos, vemos el mismo tipo de películas, escuchamos la misma música. Nos montamos en decisiones que ya tomamos previamente, sin detenernos a pensar que tal vez sería bueno hacer un cambio. Esto es aún peor cuando seguimos con amistades nocivas, en relaciones que no van a ningún lado, en trabajos que nos tienen agobiados y con costumbres que nos matan. Decidir es un verbo activo, que requiere que nos movamos. A veces da hueva. Pero, una de las condiciones para determinar si hay vida, es que haya movimiento. ¿Qué es de nosotros cuando nos quedamos inmóviles?
Tal vez lo que más me consuela al final del día, es que me duele la cabeza porque tengo alguna agencia en mi vida y por eso es que tengo que escoger tantas cosas. Prefiero eso, a que alguien más lo haga por mí, aunque a veces desearía ser acarreada.
