(Ob)Tener

Hace ya un par de años, cuando recién había abierto una heladería, hice que mi marido me llevara al otro lado de la ciudad para comprar uno. No recuerdo bien por qué, pero fue una odisea y terminamos llegando peleados al lugar. Tanto así que ya no me lo quise comer. Fatal.

Las cosas que valen la pena nuestro esfuerzo, generalmente son las que más valoramos. Hay una satisfacción proporcional entre lo que obtenemos y dejamos atrás para llegar hasta allí. Pero, si nos hemos obsesionado con algo que no se merece todo ese «sacrificio», la decepción es mayúscula. La habilidad para proyectarnos más allá del mero momento de la obtención de lo que queremos nos ayuda a medir si verdaderamente queremos realizar la travesía para tenerlo.

Eso de «no es lo mismo verla venir que bailar con ella», aplica también para las cosas que uno anhela. Y para las experiencias. Y para las relaciones. Así, poner en peligro una amistad, una pareja, a la familia, por un pequeño momento de satisfacción, debería de ponernos en pausa. O sea, a nadie le suena tan bien la cajita de música como para tirar toda la vida por la ventana.

Al final del día, cada uno sabe qué prefiere, o paga las consecuencias de su ignorancia. Y yo no me volví a comer un helado de ese lugar.