No todo me conviene

Hace poco, para darnos un gusto, comimos hamburguesas y papas fritas. Con ketchup. Mucha ketchup. Como es algo que nunca me había visto hacer, mi hijo me preguntó: «Mama, ¿y a ti te gusta la ketchup?» «Sí, me encanta.» «Pero nunca comes.» «No.» «¡Qué raros son los adultos!»

Dejando a un lado que ya percibe la brecha entre lo que tiene él libertad de hacer y yo no, me dio mucha risa que haya puesto el dedo en una llaga muy grande: no siempre hago/digo/como lo que me gusta. En el caso de la ketchup, el argumento es sencillo: tiene mucha azúcar, no es sana, engorda, etc. Pero hay otras cosas que no son tan marcadamente «dañinas», que igual no hago, porque no me convienen en este momento de mi vida.

Todo tiene su lugar y forma. Hasta lo más sano que podamos hacer necesita límites. No podemos hacer más ejercicio del que requiere nuestro cuerpo, porque lo sobreentrenamos y se resiente, volviéndonos más propensos a lastimarnos y hasta haciéndonos ganar peso. Una medicina tiene dosis exactas de consumo. Estar constantemente en compañía de alguien, por mucho amor que exista, sin tener un momento a solas, ahoga a cualquiera.

Cuando somos niños, ciertas decisiones son mucho más claras: me dejan hacerlo, o no. Ya con unos años encima, nos toca medir hasta dónde nos convienen. Pero siempre se puede escapar uno y echarle el bote entero de ketchup a las papas.

Me Enfermé del Estómago

Y no sé por qué. Comimos en casa, yo cociné, todo estaba fresco. Pero me enfermé de la panza y salió todo estrepitosamente de regreso. Cuando me pasa algo así, lo cuál es muy raro porque no me enfermo seguido, no me da por contemplar mi mortalidad como es lo usual. No, a mí me da por renegar de ser adulto sin mamá que me consienta.

Las personas que han vivido fuera y se han enfermado, podrán entenderme bien. Uno mantiene una parte de niño que confía ciegamente en la mano que le revisa la temperatura, le pasa la pastilla y le conjura alguna pócima tipo atol de maicena (que sólo es tolerable en estado de moribundez). Qué rico no tener mayor responsabilidad de uno mismo. Dejarse cuidar.

Ser adulto y el proceso que se atraviesa para serlo, tiene como principal objeto tener responsabilidad de los actos. Uno obtiene todas las ventajas de la libertad, pero también debe tragarse todas las consecuencias de ejercerla. Y está bien. En general, uno deja un poco de ser humano en el momento que prefiere delegar en alguien o algo más su vida y las decisiones que debe tomar. Puede ser que se sienta cómodo no tener que ejercer la libertad, pero ese estado es aberrante y ha sido abolido en todo el mundo. Nadie debería ser esclavo.

Por eso me hago yo el brebaje asqueroso ese con maicena (guácala, pero qué bien me cayó). Soy adulta y, así como tomo mis decisiones, bien puedo cuidarme si me enfermo del estómago. Menos mal no es muy seguido.