Mañana sábado se cumplen 10 años de muerto mi papá. No sé cómo sentirme. De verdad. Con mi mamá el sentimiento de pérdida está clarísimo. Con mi papá… No tanto. Chingaba demasiado. Era ofensivo. Pocas veces escuché algo cariñoso salirle de la boca y, en esas raras ocasiones, era como que se le escapaba. Como hombre tenía muchísimas cualidades, que he aprendido a encontrar y fomentar en mí: era perseverante, honrado, directo, trabajador, responsable, perspicaz. Pero, como papá, tenía muchísimas carencias, probablemente derivadas de haber perdido al suyo a los seis años. (Aunque, de lo que me han contado, tampoco fue mucho lo que perdió, mi abuelo era un zángano.)
Nunca logramos un acercamiento de película, de esos en los que se borran todas las heridas y el papá le deja claro a la hija lo mucho que la quiere y lo orgulloso que está de ella. Creo que hasta su muerte, mi papá consideró que había desperdiciado mi vida estudiando derecho y no una matemática pura (inserte gif de vómito aquí, por favor). Me hubiera gustado tener una mejor relación con él, por supuesto. Escuchar sus historias de patojo, entender esa infancia truncada que lo (de)formó en el hombre duro que comenzó a tener hijas a los 19 años y terminó con 6 en 9 años primero y una 18 años después. Aunque era fuente de martirio en la casa, hasta hubiera encontrado simpático escuchar sus puterías, que eran muchas.
Me veo los mechones rubios y sé que soy parte suyo. Siento mis arranques de cólera y lo encuentro por allí. Y me levanto a perseverar en todo lo que quiero y lo tengo a mi lado.
El recuerdo de mi mamá es un vacío. El de mi papá es como un peso de lo que no quiero ser, de lo que no entiendo, de lo que tengo que apreciar. La historia de mi familia paterna es una maraña de «casis» que pocos lograron superar.
Diez años después, necesito dejar esa maleta por algún lado. Lo que yo cargo ya debe ser completamente mío. Y Dios me guarde de pasárselo a mis hijos.
