Cuando estaba comenzando el proceso de la declaratoria de nulidad de mi matrimonio (historia para otra ocasión), en el camino al tribunal eclesiástico estaba una mega-manta con la imagen de Monseñor Gerardi y la cita: «Conoceréis la Verdad y la Verdad os hará libres.» Independientemente del contexto religioso que tiene esta frase, sigue siendo la clave de la vida destilada en su más pura expresión. Leí eso y tomé el valor que necesitaba para afrontar una travesía que duró un poco más de un año calendario y una existencia emocional entera. Pero la sobreviví, gracias a admitir una verdad propia que me liberó.
En esta época en la que no nos gusta lo real, buscamos por todos los medios de ocultarnos tras lentes cada vez más opacos. No en balde las fotos «normales» ya llevan más filtros que purificadora de agua. Preferimos someternos a cirugías peligrosas y de dudosa durabilidad con tal de no aceptar el paso de los años o la necesidad de cambiar nuestro estilo de vida. Les llenamos a los niños la cabeza con mentiras disfrazadas de «fantasías» para protegerlos de cosas que son más claras que la luz del sol. Nos sentimos tan inútiles como raza humana, que le tenemos miedo a la verdad y la describimos como «dura, cruda, cruel».
La verdad, la realidad, no es un golpe que recibimos. Es la espada que nos corta las ataduras. El problema es que les hemos agarrado cariño a las cosas que nos tienen atrapados y nos duele que nos las quiten de encima. Supongo que el buey también extraña su yunta.
Tuve que tomar pruebas psicológicas exhaustivas durante la declaratoria. Me hicieron preguntas acerca de mi conducta que no me hubiera contestado voluntariamente ni a mí misma. Pero cada vez que estaba a punto de esconderme tras medias verdades, me recordaba de la manta y afrontaba mi realidad como era. Y fui libre.
