Objetivamente, no tengo nada de qué quejarme: estoy casada con alguien con el que nos queremos, tenemos dos hijos sanos y bien adaptados, casa, comida, amigos, espiritualidad. Y, sin embargo…
Existe la famosa pirámide de Maslow que ilustra cómo el ser humano siempre tiene necesidades qué llenar. A más básicas las necesidades externas, como no tener comida, menos tiempo de introspección tenemos. Pero eso se traduce a lo contrario: si nuestra seguridad física está cubierta, procuramos llenar la afectiva, si ya cumplimos con ésta, queremos completar la intelectual y, por último, la «existencial». No la estoy explicando exactamente como es, porque para eso la pueden ir a buscar. La estoy diciendo como yo la entiendo en mi caso particular.
No me atrevo a decir que es más fácil sentirse contento cuando se tiene poco. Creo que, teniendo mucho, es necesario aprender a necesitar poco. Y a ver hacia adentro. La verdadera satisfacción nunca puede venir de las cosas que pasan, sino del mundo que cubrimos con nuestra piel.
Mi crisis de los casi cuarenta me está enseñando todas las cosas que tengo que cambiar dentro de mí, si es que quiero conservar lo que me rodea. La parte fuerte que me ha ayudado a pasar momentos difíciles está muy cerca de volverse en algo rígido que lastima. Mi búsqueda por perfeccionarme se puede volver en la tragedia de buscar la inalcanzable perfección. La cima de una satisfacción personal es resbalosa y en constante cambio. Sé que si lleno un vacío, seguro descubro otro. Lo importante es querer continuar.
