Negar los Hechos

El gato que rescatamos de una alcantarilla, el que no pesaba ni una libra, cinco meses después es más grande que el perro de mi suegra (el cuál es un chucho de esos cuasi-ratas, pues, pero igual). Cuando recién estaba en casa, cabía bajo todos los muebles con facilidad. Ahora, obviamente, ya sólo cabe bajo la mesa del comedor.

Los animales observan el mundo a su alrededor como una serie de hechos irrefutables que perciben a través de sus sentidos: pasan los bigotes, paso yo; no pasan los bigotes, no paso yo. Blanco o negro. No hay mucho espacio para discutir. Dichosos.

Nosotros los humanos somos tan inteligentes, que nos damos el lujo de no creer lo que percibimos por medio de nuestros sentidos, hasta el punto que negamos las cosas que tenemos enfrente. Me cierra el zípper, quepo en los jeans; no me cierra el zípper, igual me tiro desde el segundo piso para caber en los jeans. Olvídense de escalas de grises, esta es la paleta pantone completa.

Llegamos al colmo de utilizar diferentes definiciones para una misma palabra, haciendo que nuestra principal forma de comunicarnos, que es el lenguaje, sea ambigua en el mejor de los casos, engañosa en el peor. Y todo es porque le pegamos sentimientos a nuestro entorno. Unos jeans no son una simple prenda de vestir; son los jeans que me compré después de un año de estar a dieta y que al fin bajé una talla y que usé el primer dinero que me gané escribiendo y que fui a escoger con mi mejor amiga a quien tenía dos años de no ver y que usé para el primer concierto al que fui con mi novio que ahora es mi esposo… ¿Ven por dónde va la cosa? Con esa carga emocional, ¿quién jodidos me va a decir a mí que no quepo en los benditos pantalones? Y, mientras me cortan la circulación de la espina dorsal, yo me niego a ver lo evidente y sólo pienso en lo que representan.

La vida tiene color porque se lo damos y las cosas tienen importanci, porque se la ponemos. En el mundo, todo es neutral, hasta que nosotros tomamos una postura. Y eso está bien, no somos robots. Pero tal vez sería menos complicado no ser tan engazado y tratar de aceptar los hechos a nuestro alrededor, como lo hacen los animales.

Y ahora, me disculpan, tengo que ir a sacar al gato que se quedó trabado debajo del sofá.

Vivir Dormido

Rara vez me despierta la alarma. O es por el gato, o un pajarito en la ventana, o las ganas de ir al baño, le gano usualmente la carrera al timbre desgraciado. Las veces que eso es lo primero que me lleva a la consciencia, es porque estoy muy cansada y el resto de mi día va a pasar como entre neblina. Mi cerebro trabaja a un tercio de velocidad cuando tengo sueño, hasta el desayuno es un reto del Juego de la Oca y tengo suerte si salgo con zapatos iguales a la calle.

Pasar semi-vivos por allí es una buena definición de ser zombie: caminas, comes, emites sonidos, pero no estás realmente del todo allí. No dormir, comer chatarra, no moverse más que para ir a traer otra bolsita de papalinas, ni hablar de estar alcoholizado u otras hierbas. Si ya de por sí la vida es difícil de apreciar con todos los sentidos alerta. Estudios demuestran que percibimos un ínfimo porcentaje de lo que sucede a nuestro alrededor. Nuestro cerebro deshecha todo lo que no es esencial y hasta llena espacios con información que ya posee. La cara de las personas con las que tenemos más familiaridad, ya está almacenada, entonces no es eficiente que nos la aprendamos cada vez que les hablamos. Por eso es que las parejas de muchos años se perciben como eran de jóvenes, pues sus cerebros tienen ese rostro asignado a esa persona. (Lo cual no me molesta del todo, si les he de ser sincera.)

Parar un momento a vivir, multiplica nuestra experiencia y nos saca de la neblina de la que nos rodeamos. Pueda que nos moleste la luz al principio, pero es por mucho mejor que no darnos cuénta qué hay. Excepto cuando tengo sueño. Allí sólo me arregla una siesta.