Pasión y Sueño: la pelea

Si me hubieran dicho hace 22 años cuando nos conocimos que iba a poder compartir cama contigo todas las noches y que no te iba a devorar cada una de ellas, me hubiera reído y reído.

Y luego no pasamos junto ni noches, ni días, ni años. Siete años.

Y luego el universo se alineó para volvernos a juntar.

Y regresaron los fines de semana sin conocer la calle, las noches desveladas y las madrugadas aprovechadas.

Y luego vino un canchino que lloraba y lloraba. Y tú roncabas. Y yo lloraba.

Y luego vino una peluda que sólo dormía, pero que igual nos quitaba el sueño.

Y ahora estamos entre buses de madrugada, trabajo constante, ejercicio que nos agota y la cama nos sirve para perder la conciencia.

Pero la pasión de hace 22 años no sólo sigue allí, sino que tiene más fuerzas por salir en espacios más cortos. Las acostadas temprano de los niños, las regresadas al cuarto después de sacarlos al bus, los raros fines de semana escapados.

El sueño, el cansancio, el agotamiento, están dando una dura pelea. Pero, entre tú y yo, la pasión siempre gana.

La Pasión de la Rutina

La vida entera parece un ciclo. Un día sigue a otro. Los años sólo cambian de número. De lunes a viernes se sacan los niños al bus. Cada mes están las mismas cuentas qué pagar. Hasta en los ritos más íntimos hay una repetición. La rutina, la costumbre, el hacer las cosas «porque siempre se hacen así». A nadie le gusta que le digan que su vida es rutinaria. Pero yo encuentro una familiaridad en la rutina que me da paz y libertad. Si yo no tuviera una rutina para vestirme, probablemente saldría a la calle sin desodorante, porque se me olvidaría. Mi mente estaría mucho más preocupada en detalles como «¿a qué hora comemos?», que en gozarme las conversaciones de mis hijos al almuerzo.

Hay un «flow», un estado casi esotérico de trabajar (de hacer cualquier cosa, la verdad) que describen como que el cuerpo toma el control y uno sólo tiene que dejarse llevar. O la famosa «memoria muscular» que le permite a los atletas desempeñarse siempre con la misma buena técnica. Pero todo eso sale de una repetición casi lobotomizadora de procesos, movimientos, rutinas. Si yo todavía tiro mal un golpe, siempre voy a estar pendiente de mis movimientos para no volverme a romper la mano y voy a ser más lenta. Pero si me grabo cómo soltarme, ya no tengo ocupada la mente en el puño y eso me da libertad. Los esquemas sirven para mejorarlos, para salirnos de ellos, improvisar e innovar. Si no entendemos y manejamos las reglas, no podemos saber si las estamos rompiendo, o sólo haciendo un mamarracho.

También hay que tener en cuenta que la costumbre a veces ayuda a pasar por un momento en el que falla la pasión. Los sentimientos no son constantes y una relación no se puede basar en «hoy se me antoja quererte y hoy no». Así no hay matrimonio que dure. Pero si siempre se trata uno con respeto, siempre se demuestra cariño, siempre hay momentos íntimos, la pasión generalmente regresa como el hijo pródigo y ¡Zaz! ya está uno ardiendo.

Es gracias a seguir un esquema algo cerrado, que tengo la libertad de escribir todos los días. No siempre me salen genialidades, pero siempre estoy allí para el momento en que éstas llegan.