El resultado de mi trabajo como mamá no lo veo. O por lo menos no cuando cuenta. Yo no estoy allí en el colegio con mis hijos, para llamarles la atención si se comportan mal con un amigo. No estoy cuando tienen la oportunidad de decir una mentira a una maestra. Tampoco voy a estar a su lado cuando estén en una fiesta y les ofrezcan drogas. O cuando, de adultos, puedan ser deshonestos, ladrones, aprovechados… Simplemente tengo que confiar (rezando hincada sobre maíz muchas veces), que ellos escojan ejercer los valores y seguir el ejemplo que les hemos tratado de dar con su papá. ¿Tienen idea de lo que me jode la existencia esa falta de control?
Y esa es la cuestión: se trata de control. Yo no tengo control total sobre mis hijos. Ni debería querer tenerlo. No tengo mascotas, tengo proyectos de adultos que tienen que poder desenvolverse solos en la vida. Eso se traduce en todo lo que hagan las demás personas con las que nos relacionamos. Somos amigos de la gente que confiamos que no nos va a meter la daga. Somos pareja de personas a las que (espero), no estamos vigilando para ver si nos queman el rancho o no. Compramos cosas creyendo que nos están dando lo que nos están ofreciendo.
El resultado es que soltamos nuestra desconfianza y terminamos aceptando que vivimos en sociedad. No siempre nos va bien con eso, pero el secreto es no regresar a donde se tropezó uno, sino seguir avanzando.
Poder dejar ir a mis hijos a casas de extraños, esperando que coman con la boca cerrada, digan «por favor» y «gracias», no rompan cosas y (si fuera necesario) se sepan defender, me quita a mí una carga inútil. No podría hacer nada si no están enfrente mío y pobres ellos si estuvieran todo el tiempo enfrente mío.
