El objeto del deseo

Como a base de antojos. Es muy raro que yo tenga hambre, pero sí muy frecuente que tenga «ganas». De unas macadamias, de ensalada, de chocolate, de sorbete de limón. Es una sensación que se queda en el fondo de mi estómago y que me hace sentir insatisfecha, aún que esté llena.

Pareciera que, como humanos, nos movemos a puro deseo. El querer algo. Y lo escogemos de forma irracional, aunque aprendamos a justificarlo con la mente. Entre dos cosas equiparablemente buenas, siempre vamos a preferir la que más nos gusta. Y, si lo que nos gusta es menos bueno que lo otro, le vamos a encontrar todas las razones del mundo para llevárnosla.

Pocas veces nos damos el permiso de aceptar que tenemos algo, porque es lo que queríamos, a pesar de sus defectos. Es como si tuviéramos qué pedir perdón por desear algo.

Le damos prioridad a lo racional y nos avergonzamos de nuestras emociones. Creemos que tenemos que seguir lo establecido para todos, aún cuando no cazamos. Y rechazamos lo que nos llena de satisfacción, porque no se conforma a lo «normal».

A mí me gustan las t-shirts negras y los Keds y sé que no me miro como «debería», según las reglas de lo que una mujer de mi edad debe seguir. Lo he intentado justificar de forma racional para sentirme bien. He intentado cambiar. Y, ni lo primero funciona, ni lo segundo me satisface. Así que, en días como hoy que voy al súper, regreso a mi ropa favorita.

El deseo a veces no necesita más justificación que sí mismo. Y un helado de limón siempre se me antoja.

El cambio accesible

De joven salía sola a todas partes, me iba al puerto, manejaba de noche y no tenía ninguna consideración más que cómo rebasar al choyudo de enfrente. Ahora, con dos niños que vamos a endosar a donde mis santos suegros y con un marido que tiene que trabajar, tengo la oportunidad de ir a pasar una noche en el Lago y me hice para atrás de ir y regresarme sola. Y estoy furiosa.

Estoy furiosa conmigo misma por haber perdido las agallas. Furiosa con un sistema de carreteras que hace imposible saber si una roca no me va a detener durante horas. Furiosa con una situación de violencia que verdaderamente hace peligrosa una travesía que debería ser liberadora. Pero, más que nada, estoy que echo humo por las orejas porque todas estas consideraciones tienen que ver con el hecho de que soy mujer y estaría sola.

Soy mujer y eso no lo puedo cambiar. ¿Y mi independencia? ¿Y mi igualdad como persona? ¿Y mi derecho de hacer todo igual que los hombres? Sí, tengo todo eso, pero nada cambia. Porque no soy hombre, atraigo un riesgo mayor. Y eso, de nuevo, no lo puedo cambiar.

Yo sé que muchas mujeres lo hacen y lo hacen muy bien. También entiendo que lo puedo hacer yo y que tengo la balanza a favor que todo salga bien. Que corro el mismo riesgo en cualquier momento en que salgo de la casa. Que si verdaderamente me entran las ganas, agarro mi carro y me voy.

Eso no es lo que me tiene molesta. Me está aguijoneando una situación que está fuera de mi control. Sentí la reducción de mi mundo. En lo que esté en mis manos, mi hija no va a sentir lo mismo. Y, ahora que lo pienso bien, aún estoy joven.

Los peligros del amor

No es que te devuelvan el corazón hecho pedazos,

es que se lo queden para siempre.

No es que no puedas vivir sin ellos,

es que no vas a querer hacerlo.

No es que te hagan sufrir,

es que te hacen más feliz.

No es que engañen,

es que te cumplan.

El amor es el arma más peligrosa, no porque mate, sino porque te hace vivir.

Una vez lo pruebas, sabes que no hay otra forma de ser humano.

El amor te atrapa sin amarrarte.

Y, en esa permanencia voluntaria, estás más libre que estando fuera.

Me Enfermé del Estómago

Y no sé por qué. Comimos en casa, yo cociné, todo estaba fresco. Pero me enfermé de la panza y salió todo estrepitosamente de regreso. Cuando me pasa algo así, lo cuál es muy raro porque no me enfermo seguido, no me da por contemplar mi mortalidad como es lo usual. No, a mí me da por renegar de ser adulto sin mamá que me consienta.

Las personas que han vivido fuera y se han enfermado, podrán entenderme bien. Uno mantiene una parte de niño que confía ciegamente en la mano que le revisa la temperatura, le pasa la pastilla y le conjura alguna pócima tipo atol de maicena (que sólo es tolerable en estado de moribundez). Qué rico no tener mayor responsabilidad de uno mismo. Dejarse cuidar.

Ser adulto y el proceso que se atraviesa para serlo, tiene como principal objeto tener responsabilidad de los actos. Uno obtiene todas las ventajas de la libertad, pero también debe tragarse todas las consecuencias de ejercerla. Y está bien. En general, uno deja un poco de ser humano en el momento que prefiere delegar en alguien o algo más su vida y las decisiones que debe tomar. Puede ser que se sienta cómodo no tener que ejercer la libertad, pero ese estado es aberrante y ha sido abolido en todo el mundo. Nadie debería ser esclavo.

Por eso me hago yo el brebaje asqueroso ese con maicena (guácala, pero qué bien me cayó). Soy adulta y, así como tomo mis decisiones, bien puedo cuidarme si me enfermo del estómago. Menos mal no es muy seguido.

Dejar de Ser Niño

La vida de mis hijos está regimentada: se levantan a la misma hora, desayunan siempre en el mismo lugar, almuerzan cuando regresan del colegio, saben qué hacemos de lunes a viernes por las tardes, la cama los espera siempre igual. Tienen la expectativa de ropa limpia, comida, casa, gatos y papás. También están sujetos a creer lo que les decimos, vivir según nuestro mejor entendimiento y renunciar a muchas discusiones.

Así es el asunto mientras se va uno formando sus propios criterios y ganando su propia experiencia (y dinero con qué mantenerla). La ilusión más buscada por el ser humano es la libertad, pero rara vez está dispuesto a pagar el precio que tiene: la responsabilidad. Si no tengo a nadie a quién echarle la culpa de mis actos, tengo que asumir que soy un mal capitán de mi barco porque fui yo mismo quien tomó las decisiones que me llevaron a donde estoy. Ser adulto y no querer cargar con la propia vida es pretender vivir en un limbo en el que, ni quiero que me digan qué hacer, pero quiero que alguien más pague lo que rompo.

Hay muchas, demasiadas, cosas sobre las que no tenemos injerencia. Ni siquiera tenemos poder de decisión sobre nuestra composición genética: así nos tocó la lotería. Pero tenemos toda la obligación de agarrar nuestros tiliches (reales, físicos, mentales y emocionales) y ver qué demonios hacemos con ellos. Todos tenemos historias de traumas personales suficientes como para darles de comer a generaciones enteras de psicólogos y/o psiquiatras. Pero no podemos usarlas de excusa para ser menos de lo que podemos. Un papá infiel no nos da permiso para quemar rancho. Una mamá manipuladora no nos da licencia para ser Maquiavelo. Tener una adolescencia difícil no quiere decir no querernos a nosotros mismos.

Ser niño sin responsabilidades es bonito mientras dura. En lo personal, prefiero encargarme de mis propias cosas, organizar mi vida y tener lo que puedo procurarme, a estar sujeta a lo que otra persona, entidad, o gobierno me quiera dar. Yo ya no soy niña, por mucho que a veces moleste como una.