Hoy, como ya es (pésima) costumbre los lunes, el niño me dijo que olvidó una tarea. En realidad, es una chingadera, pero no es problema mayor, porque al ishto baboso le va bien y no es que esté perdiendo el colegio. Es una cuestión de orden y responsabilidad y todas esas cosas que importan más que poder poner una tilde (aunque eso también es súper importante). El problema no es el olvido. Es que otra vez me eíncachimbé. De verdad intento no hacerlo. Ya tenemos protocolo, ni siquiera lo tengo que castigar. Pero se me sale el volcán de enojo y paro traspasándolo con los ojos. Estoy escribiendo esto y sigo molesta. Conmigo.
La intención de hacer bien las cosas es un primer paso, muy importante, para mejorar como personas. Cuántas veces lo que nos hace falta es un poco de autoconocimiento para mejorar nuestra vida. Pero las intenciones se quedan por dentro, como semillas en el suelo. Y, si no germinan, se pudren. Es más, si no dan frutos, es imposible conocer lo que los demás tienen en mente. Sólo nosotros conocemos las agendas que tenemos (sin ánimo de ser siniestros, la agenda puede ser buena también). Y, de los demás, sólo podemos ver lo que hacen.
El mundo interior ordenado, bienintencionado, se convierte en un universo de posibilidades cuando concuerda con nuestra realidad exterior. Nuestros mejores deseos, cuando los realizamos, nos dan superpoderes. Yo quiero ponerle una presa a la lava de mis enojos, pero levanto la barda a mi antojo cada vez que se me da la gana. Y así da lo mismo. Pero voy mejorando. Por lo menos le puedo dar un besito a mi hijo cuando se me pasa.
