Alimentar el Egoísmo

Muchas veces dejé de hacer cosas por «pena». Pena a verme ridícula, a verme mal, a no hacerlo bien… Pena a ponerme alguna ropa porque se me iba a notar la lonja. Pena a dejar una mala relación, porque quién más me iba a querer. Al fondo de esa caja de pena, estaba mi baja autoestima, obvio. Y, cuando quería salir de allí, la solución era igualmente obvia: tenía que «trabajar en mi autoestima.» A ver, si a ustedes les han dicho eso, ¿no se han quedado con cara de grillos? Eso de trabajar en el autoestima, así nomás, suena como una invitación a un Box de Crossfit.

La autoestima, el poder medir el valor propio de una forma objetiva y positiva, es una medida de inteligencia emocional, así como la empatía que tanto me cuesta. Es quererse uno lo suficiente como para no ponerse en situaciones que le hagan daño a uno, voluntariamente. Es gustarse y querer estar con uno mismo. Es ser un poco egoísta.

Pero todo esto es más fácil decirlo que hacerlo. Hasta hace unos días, no hubiera podido darles una idea más clara que toda esa serie de platitudes del párrafo anterior. Pero, en un podcast de los de Nerdist, Chris Hardwick entrevista a Rob Lowe y este último le dice que al fin escuchó algo concreto para construir la autoestima: «hacer cosas que nos den estima (valor) de nosotros mismos.»

Lo dejó allí y siguieron hablando de muchas cosas más, pero a mí me quedó eso rondando en la cabeza. Y es que se me encendió el foco tan claro, que casi me parece haber tenido una epifanía: el valor de uno mismo se construye con las cosas de las que uno se siente orgulloso. Y eso implica comportarse de forma íntegra y consecuente en todo lo que uno hace, desde el tráfico, hasta la cama. Si logramos tener una vida de tal forma que podamos compartir cada parte de ella sin vergüenza, allí encontramos nuestro valor. Por supuesto que hay cosas que uno se reserva, pero no debemos confundir intimidad con secreto. Yo no tengo relaciones sexuales con mi marido en público, porque es un acto íntimo. Pero no me da la menor vergüenza que el mundo entero sepa que las tenemos. (Mis hijos no nacieron por osmosis.)

No es tarea fácil, pero me queda la satisfacción de saber que está en mis manos. Es mía. Y de cada uno.